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domingo, 13 de septiembre de 2009
viernes, 5 de junio de 2009
LA HISTORIA DE LA BELLEZA (Segundo cuadro)
CANCIÓN 2 SER CALVO QUE FELICIDAD
Muchos dicen que ser calvo es una tragedia
Mas yo digo que es una gran bendición
No voy al peluquero a mal gastar mi dinero
Ni uso sprays, geles, peines o abrillantador.
Luzco mi pelonera como aureola de santón
Y ahora con estas modas mi belleza no incomoda
Ya que para las mujeres esta calva es más sexy
Que tener un gran copete y parecer maricón.
Ja, ja, del mundo yo me río
Cuando me gritan pelón
Soy feliz con mi calvicie
Y no manejo complejos
Porque todos somos calvos
Por debajo del pellejo,
Porque todos somos calvos
Por debajo del pellejo.
Por eso no te incomodes cuando te digan frentón
Y no trates de ocultar tu calvicie sin igual
Con peluquín o peluca que eso es artificial
Ya que ser calvo es señal de intelectualidad.
Ja, ja, del mundo yo me río
Cuando me gritan pelón
Soy feliz con mi calvicie
Y no manejo complejos
Porque todos somos calvos
Por debajo del pellejo,
Porque todos somos calvos
Por debajo del pellejo.
CUADRO II CLEOPATRA Y EL FORASTERO
Personajes:
Julio Cesar (Actor 2)
Eunuco (Actor 1)
Cleopatra (Actriz 1)
Julio Cesar.- Estoy más nervioso que cuando fui nombrado emperador de Roma, todos gritaban ¡Salve Julio Cesar, salve Julio Cesar, más grande y poderoso que Alejandro Magno! Y mírenme , ahora no sé que voy a hacer cuando aparezca esa mujer. Cleopatra, Cleopatra, la reina de Egipto. Dicen que es mas hermosa que todas las flores juntas y que huele tan exquisito que encanta a los hombres y su mirada tiene el hechizo de las aguas del Nilo.
ENTRA EL EXCLAVO EUNUCO.
Eunuco.- ¿Es usted el forastero?
Julio Cesar.- ¡Por Júpiter! ¿qué adefesio es éste?
Eunuco.- Que forastero tan grosero, soy un Eunuco.
Julio Cesar.- ¿Y eso que es?
Eunuco.- Pues muy sencillo, soy un esclavo sin huevos.
Julio Cesar.- ¡Por todos los Dioses! ¿y lo dices tan tranquilo?
Eunuco.- ¿Y por que no? Si aquí en Egipto como en todo San Francisco Cal. lo exótico y chic es ser homosexual. Pero ya déjese de cosas, le pregunte si usted es el Forastero.
Julio Cesar.- Soy Julio Cesar, dueño y señor del Imperio Romano. ¿Dónde esta tu señora?
Eunuco.- Dice mi señora Cleopatra que por el momento no lo puede atender porque esta en su baño diario de leche de burra.
Julio Cesar.- Pero que locura es esa si todo mundo se baña con agua y jabón.
Eunuco.- Por eso tienen tan duro el cuero. Mírese nomás que piel tiene usted llena de agujeros.
Julio Cesar.- Son mis cicatrices de gran general.
Eunuco.- Por más general que sea déjeme decirle que no puede andar así pretendiendo conquistar al mundo, mire, hasta mi abuelita sabe que con un poco de pomada de concha nácar usted puede borrar esas horribles cicatrices (acercándose a Julio cesar) ¡ fuchila, huele a burro jineteado, que horror!
Julio Cesar.- (Orgulloso) Es el aroma natural de cualquier hombre fiero y bien dotado.
Eunuco.- Sólo por lo de bien dotado que usted dice, pero que a mi no me consta, le perdono lo de burro porque eso le puede encantar a mi señora, pero no creo que le perdone esa peste que se trae.
Julio Cesar.- ¿Tu crees?
Eunuco.- Aquí hasta los burros huelen a canela y romero o por lo menos a Gybenchi o a Dolce Gabbana. Mire huela.
Julio Cesar.- Pues no hueles tan mal.
Eunuco.- Pero acérquese un poco más.
Julio Cesar.- Quita o te encajo mi espada.
Eunuco.- Ayyy, que rico, digo, digo, nomás era para que oliera.
Julio Cesar.- Así esta bien de lejecitos. Lo que si me preocupa es lo de tu señora.
Eunuco.- Y luego en las fachas que viene.
Julio Cesar.- ¿Qué tiene? Es mi traje de jefe supremo de todas las fuerzas guerreras del imperio romano.
Eunuco.- Pues esta muy pasado de mode, como quien dice nada que ver con alguien que pretenda conquistar a la gran reina de Egipto.
Julio Cesar.- Ni creas que me voy a vestir con uno de los trapos que tu traes.
Eunuco.- Nada de eso, mi emperador, cada quien debe llevar los colores de acuerdo a su personalidad. A usted le vendría bien el azul o tal vez el púrpura que es color imperial. ¿ Qué no quiere impresionar a la seño Cleopatra? Recuerde que ella tiene cientos de pretendientes y si usted no se pone listo le ganan a la dama y a este hermoso, fructífero y rico territorio de Egipto.
Julio Cesar.- (Furioso y desesperado) ¡Agggggggg, lo que tiene que hacer uno por atraer a una mujer, y luego si lo agradecieran, son unas pérfidas perjuras!
Eunuco.- Entonces váyase olvidando de los grandes cargamentos de trigo y del paso libre hacia el mar rojo que conecta a las ricas tierras de la India y China. Dicen que hay tantas riquezas por allá que de seguro darían supremo poder a un insigne emperador como usted.
Julio Cesar.- Esta bien, esta bien. ¡Que el Dios Marte me perdone!
Eunuco.- Cómo le hace usted de queso, si bien que le gusta.
Julio Cesar.- (Enojado) ¡Que!
Eunuco.- Que en la guerra y el amor todo se vale.
Julio Cesar.- Dame ya esos trapos y ungüentos antes de que me arrepienta.
Eunuco.- Y también esta tiara para que adorne su sexy pelonera.
Julio Cesar.- ¡Trae acá!
Eunuco.- Un momentito, que primero tiene que darme mi emolumento.
Julio Cesar.- ¿Qué es eso?
Eunuco.- Mi dinerito pues toda asesoria causa honorarios.
Julio Cesar.- Aquí está.
Eunuco.- ¿Y la propina?
Julio Cesar.- Vete al carajo. ¿Dónde me visto?
Eunuco.- Váyase por allá atrás. Con cuidado porque hay mucho vestuario teatral no nos vaya a estropear algo.
SALE JULIO CESAR.
Eunuco.- Vaya que da dinero esto de ser asesor de imagen.
ENTRA CLEOPATRA, MUCHACHA FLACA Y ESCUÁLIDA.
Cleopatra.- ¿Ya se fue?
Eunuco.- Fíjese mi señora Cleopatra que no. Insiste e insiste con que la quiere ver y como es el dueño del Imperio Romano ni modo que lo corriera.
Cleopatra.- ¿Y ahora que voy a hacer? Me da vergüenza que me vea. Estoy tan flaca y tan poco glamorosa que no creo que le guste.
Eunuco.- Eso le pasa por esa dietas locas que se trae. Se lo dije tenía que guardar algo de grasita pero a usted se le paso la mano.
Cleopatra.- Ya sé, ya sé, no me regañes. Mejor dime que hago.
EL EUNUCO LA MIRA POR TODOS LADOS PENSANDO LA SOLUCIÓN.
Eunuco.- ¡Ya lo tengo, las niñas!
Cleopatra.- ¡A no, no quiero competencia!
Eunuco.- No señora, los postizos.
Cleopatra.- ¡Qué!
Eunuco.- Usted déjese hacer y no se arrepentirá.
Si su problema son los senos
Use usted un wonder bra
Y ya vera como apantalla
Con su frente descomunal.
Y para esas nalgas de gato
Rellénese con unos trapos
Y si lo que faltan son caderas
Las esponjas son muy buenas
Pues bien puestas en su lugar
Harán que luzca fenomenal.
Y así mi reina y señora será
Todo un símbolo sexual.
Cleopatra.- ¡Maravilloso! ¡He quedado mejor que antes! Eres un artista de la transformación
Eunuco.- Claro, alguna gracia tenia que tener esto de ser maricón.
Cleopatra.- Ahora sí que venga ese fiero guerrero. ¡Ay, mi esclavo, estoy tan emocionada! Dicen que Julio Cesar es todo un hombre. Que huele a macho y se ve tan varonil en su traje de guerrero que ninguna mujer se puede resistir. Ya estoy harta de todo lo refinado de este mundo asiático. Me confunde. Ya no sé distinguir entre un hombre de verdad o un homosexual. Quiero lo bruto, lo brusco, lo tosco. ¡Quiero un hombre! Eso que tienen y que a toda hembra hace decir: quiero aunque me pegues y no me des dinero.
Eunuco.- (Al público) Oh, oh, tengo que ir corriendo a buscar al Emperador porque de seguro ese bruto me va a matar. Demasiado tarde, creo que aquí llega.
ENTRA JULIO CESAR.
Eunuco.- Mi reina y señora le presento al gran Emperador Romano Julio Cesar.
Cleopatra.- (Al público) ¡Por Osiris, si es una princesa!
Eunuco.- Gran Emperador Romano le presento a mi Reina y Señora Cleopatra.
Julio Cesar.- (Al público) ¡Por Júpiter sempiterno, si es una belleza!
Cleopatra.- (Riendo a carcajadas) ¡Y tu eres el general de los romanos, si nada más te faltan las pestañas postizas!
Julio Cesar.- Por favor Cleopatra, no vayas a creer que... si esto sólo lo hice por agradarte.
Cleopatra.- Claro que me agrado, hace mucho que no me reía tanto. Y yo que estaba tan preocupada por gustarte, pero ahora entiendo que ni viéndome desnuda en las aguas del Nilo te hubiera atraído.
Julio Cesar.- (Acercándose) Sólo perdono tu burla porque eres la mujer más sensual y hermosa que he visto pero a este Eunuco ahorita mismo me lo echo.
Cleopatra.- Eso no lo dudo.
JULIO CESAR SE QUITA LA TIARA Y LA BATA QUEDÁNDOSE EN SU TRAJE DE GUERRERO.
Eunuco.- Señora, señora, sálveme.
Cleopatra.- (Impresionada) ¡Guuuaaa, este si es Julio Cesar, que fiero y bruto es!
Julio Cesar.- Ya verás Eunuco, lastima que ya te los hayan cortado porque ahora lo que te voy a cortar es el pescuezo.
Eunuco.- No, no, no. Mi reina, mi reina haga algo.
Cleopatra.- Julio Cesar, tómame soy tu esclava.
Julio Cesar.- (Va hacia Cleopatra) Claro que si porque ya siento que se levanta mi más poderosa espada.
JULIO CESAR, SIN SOLTAR AL EUNUCO, BESA Y CACHONDEA A CLEOPATRA HASTA QUE SE QUEDA CON UNA ESPONJA EN LA MANO.
Julio Cesar.- ¿Qué es esto? A pérfida mujer, querías engañarme con tus esponjitas.
Eunuco.- Ay, mi Reina, ya le poncharon las caderas.
EUNUCO Y
JULIO CESAR: Porque todo en esta vida se sabe
Sin poderlo remediar
Si ha sabido que en sus formas
Rellenos tan sólo hay
Que bobas son las mujeres
Que nos quieren engañar
Me dijiste.
Julio Cesar.- Así que me querían engañar par de embusteros.
Cleopatra.- Ese esclavo tuvo la culpa, pero créeme sólo lo hice por agradarte. Julio Cesar, te lo suplico, pégame pero no me dejes.
Julio Cesar.- (Al público) ¿Qué le pasa a esta mujer? No sabía que a las Egipcias les gustaba el sadomasoquismo, que raras.
ALGUIEN, POR ENTRE TELONES, LE PASA AL EUNUCO UNAS FOTOGRAFIAS DE JULIO CESAR VESTIDO DE ASIÁTICO.
Eunuco.- Alto ahí mi general, mire estas fotografías, se ve tan chic con su bata y su tiara. Y ya esta listo un mensajero para irse a Roma corriendo, corriendo con unas copias de estas fotografías que entregaría de inmediato a sus enemigos si a mi me sucediera cualquier cosa en mi agradable persona.
Julio Cesar.- Si la cámara de tomar fotos todavía no se inventa.
Eunuco.- Pero este es un sketch de teatro así que se aguanta.
Julio Cesar.- (Mirando las fotos) Esto es un vil chantaje.
Eunuco.- No, no, no, esto se llama espionaje y si no quiere que estas fotos lleguen al Senado Romano que tal si usted se relaja y olvida este ligero tropezón de la moda. Mire a la reina, esta embobada con usted, recuerde esta flaca pero trae su buena dote. Además el senado estaría tan orgulloso de su emperador si lograra unir el Reino de Egipto al poderoso Imperio Romano.
Cleopatra.- Estoy flaca pero te prometo que podré engordar un poquito.
Julio Cesar.- Bueno, también los huesos le dan sabor al caldo ¿qué no?
Vengase mi Cleo que ahora si vas a saber lo que bueno.
Cleopatra.- Eso quiero y tu ya verás que aunque flaca aun conservo otros encantos que te fascinaran.
SALEN CLEOPATRA Y JULIO CESAR.
Eunuco.- Y así quedo unido el reino Egipcio al Imperio Romano. Pensándolo bien, aunque ese Julio Cesar sea un bruto, que envidia me da la Cleo. Pero como dicen: la suerte de la fea la bonita la desea. Con permiso porque voy a darme mi baño diario con leche de burro. Good bye my friends.
SALE EUNUCO.
FIN DEL SEGUNDO CUADRO.
Muchos dicen que ser calvo es una tragedia
Mas yo digo que es una gran bendición
No voy al peluquero a mal gastar mi dinero
Ni uso sprays, geles, peines o abrillantador.
Luzco mi pelonera como aureola de santón
Y ahora con estas modas mi belleza no incomoda
Ya que para las mujeres esta calva es más sexy
Que tener un gran copete y parecer maricón.
Ja, ja, del mundo yo me río
Cuando me gritan pelón
Soy feliz con mi calvicie
Y no manejo complejos
Porque todos somos calvos
Por debajo del pellejo,
Porque todos somos calvos
Por debajo del pellejo.
Por eso no te incomodes cuando te digan frentón
Y no trates de ocultar tu calvicie sin igual
Con peluquín o peluca que eso es artificial
Ya que ser calvo es señal de intelectualidad.
Ja, ja, del mundo yo me río
Cuando me gritan pelón
Soy feliz con mi calvicie
Y no manejo complejos
Porque todos somos calvos
Por debajo del pellejo,
Porque todos somos calvos
Por debajo del pellejo.
CUADRO II CLEOPATRA Y EL FORASTERO
Personajes:
Julio Cesar (Actor 2)
Eunuco (Actor 1)
Cleopatra (Actriz 1)
Julio Cesar.- Estoy más nervioso que cuando fui nombrado emperador de Roma, todos gritaban ¡Salve Julio Cesar, salve Julio Cesar, más grande y poderoso que Alejandro Magno! Y mírenme , ahora no sé que voy a hacer cuando aparezca esa mujer. Cleopatra, Cleopatra, la reina de Egipto. Dicen que es mas hermosa que todas las flores juntas y que huele tan exquisito que encanta a los hombres y su mirada tiene el hechizo de las aguas del Nilo.
ENTRA EL EXCLAVO EUNUCO.
Eunuco.- ¿Es usted el forastero?
Julio Cesar.- ¡Por Júpiter! ¿qué adefesio es éste?
Eunuco.- Que forastero tan grosero, soy un Eunuco.
Julio Cesar.- ¿Y eso que es?
Eunuco.- Pues muy sencillo, soy un esclavo sin huevos.
Julio Cesar.- ¡Por todos los Dioses! ¿y lo dices tan tranquilo?
Eunuco.- ¿Y por que no? Si aquí en Egipto como en todo San Francisco Cal. lo exótico y chic es ser homosexual. Pero ya déjese de cosas, le pregunte si usted es el Forastero.
Julio Cesar.- Soy Julio Cesar, dueño y señor del Imperio Romano. ¿Dónde esta tu señora?
Eunuco.- Dice mi señora Cleopatra que por el momento no lo puede atender porque esta en su baño diario de leche de burra.
Julio Cesar.- Pero que locura es esa si todo mundo se baña con agua y jabón.
Eunuco.- Por eso tienen tan duro el cuero. Mírese nomás que piel tiene usted llena de agujeros.
Julio Cesar.- Son mis cicatrices de gran general.
Eunuco.- Por más general que sea déjeme decirle que no puede andar así pretendiendo conquistar al mundo, mire, hasta mi abuelita sabe que con un poco de pomada de concha nácar usted puede borrar esas horribles cicatrices (acercándose a Julio cesar) ¡ fuchila, huele a burro jineteado, que horror!
Julio Cesar.- (Orgulloso) Es el aroma natural de cualquier hombre fiero y bien dotado.
Eunuco.- Sólo por lo de bien dotado que usted dice, pero que a mi no me consta, le perdono lo de burro porque eso le puede encantar a mi señora, pero no creo que le perdone esa peste que se trae.
Julio Cesar.- ¿Tu crees?
Eunuco.- Aquí hasta los burros huelen a canela y romero o por lo menos a Gybenchi o a Dolce Gabbana. Mire huela.
Julio Cesar.- Pues no hueles tan mal.
Eunuco.- Pero acérquese un poco más.
Julio Cesar.- Quita o te encajo mi espada.
Eunuco.- Ayyy, que rico, digo, digo, nomás era para que oliera.
Julio Cesar.- Así esta bien de lejecitos. Lo que si me preocupa es lo de tu señora.
Eunuco.- Y luego en las fachas que viene.
Julio Cesar.- ¿Qué tiene? Es mi traje de jefe supremo de todas las fuerzas guerreras del imperio romano.
Eunuco.- Pues esta muy pasado de mode, como quien dice nada que ver con alguien que pretenda conquistar a la gran reina de Egipto.
Julio Cesar.- Ni creas que me voy a vestir con uno de los trapos que tu traes.
Eunuco.- Nada de eso, mi emperador, cada quien debe llevar los colores de acuerdo a su personalidad. A usted le vendría bien el azul o tal vez el púrpura que es color imperial. ¿ Qué no quiere impresionar a la seño Cleopatra? Recuerde que ella tiene cientos de pretendientes y si usted no se pone listo le ganan a la dama y a este hermoso, fructífero y rico territorio de Egipto.
Julio Cesar.- (Furioso y desesperado) ¡Agggggggg, lo que tiene que hacer uno por atraer a una mujer, y luego si lo agradecieran, son unas pérfidas perjuras!
Eunuco.- Entonces váyase olvidando de los grandes cargamentos de trigo y del paso libre hacia el mar rojo que conecta a las ricas tierras de la India y China. Dicen que hay tantas riquezas por allá que de seguro darían supremo poder a un insigne emperador como usted.
Julio Cesar.- Esta bien, esta bien. ¡Que el Dios Marte me perdone!
Eunuco.- Cómo le hace usted de queso, si bien que le gusta.
Julio Cesar.- (Enojado) ¡Que!
Eunuco.- Que en la guerra y el amor todo se vale.
Julio Cesar.- Dame ya esos trapos y ungüentos antes de que me arrepienta.
Eunuco.- Y también esta tiara para que adorne su sexy pelonera.
Julio Cesar.- ¡Trae acá!
Eunuco.- Un momentito, que primero tiene que darme mi emolumento.
Julio Cesar.- ¿Qué es eso?
Eunuco.- Mi dinerito pues toda asesoria causa honorarios.
Julio Cesar.- Aquí está.
Eunuco.- ¿Y la propina?
Julio Cesar.- Vete al carajo. ¿Dónde me visto?
Eunuco.- Váyase por allá atrás. Con cuidado porque hay mucho vestuario teatral no nos vaya a estropear algo.
SALE JULIO CESAR.
Eunuco.- Vaya que da dinero esto de ser asesor de imagen.
ENTRA CLEOPATRA, MUCHACHA FLACA Y ESCUÁLIDA.
Cleopatra.- ¿Ya se fue?
Eunuco.- Fíjese mi señora Cleopatra que no. Insiste e insiste con que la quiere ver y como es el dueño del Imperio Romano ni modo que lo corriera.
Cleopatra.- ¿Y ahora que voy a hacer? Me da vergüenza que me vea. Estoy tan flaca y tan poco glamorosa que no creo que le guste.
Eunuco.- Eso le pasa por esa dietas locas que se trae. Se lo dije tenía que guardar algo de grasita pero a usted se le paso la mano.
Cleopatra.- Ya sé, ya sé, no me regañes. Mejor dime que hago.
EL EUNUCO LA MIRA POR TODOS LADOS PENSANDO LA SOLUCIÓN.
Eunuco.- ¡Ya lo tengo, las niñas!
Cleopatra.- ¡A no, no quiero competencia!
Eunuco.- No señora, los postizos.
Cleopatra.- ¡Qué!
Eunuco.- Usted déjese hacer y no se arrepentirá.
Si su problema son los senos
Use usted un wonder bra
Y ya vera como apantalla
Con su frente descomunal.
Y para esas nalgas de gato
Rellénese con unos trapos
Y si lo que faltan son caderas
Las esponjas son muy buenas
Pues bien puestas en su lugar
Harán que luzca fenomenal.
Y así mi reina y señora será
Todo un símbolo sexual.
Cleopatra.- ¡Maravilloso! ¡He quedado mejor que antes! Eres un artista de la transformación
Eunuco.- Claro, alguna gracia tenia que tener esto de ser maricón.
Cleopatra.- Ahora sí que venga ese fiero guerrero. ¡Ay, mi esclavo, estoy tan emocionada! Dicen que Julio Cesar es todo un hombre. Que huele a macho y se ve tan varonil en su traje de guerrero que ninguna mujer se puede resistir. Ya estoy harta de todo lo refinado de este mundo asiático. Me confunde. Ya no sé distinguir entre un hombre de verdad o un homosexual. Quiero lo bruto, lo brusco, lo tosco. ¡Quiero un hombre! Eso que tienen y que a toda hembra hace decir: quiero aunque me pegues y no me des dinero.
Eunuco.- (Al público) Oh, oh, tengo que ir corriendo a buscar al Emperador porque de seguro ese bruto me va a matar. Demasiado tarde, creo que aquí llega.
ENTRA JULIO CESAR.
Eunuco.- Mi reina y señora le presento al gran Emperador Romano Julio Cesar.
Cleopatra.- (Al público) ¡Por Osiris, si es una princesa!
Eunuco.- Gran Emperador Romano le presento a mi Reina y Señora Cleopatra.
Julio Cesar.- (Al público) ¡Por Júpiter sempiterno, si es una belleza!
Cleopatra.- (Riendo a carcajadas) ¡Y tu eres el general de los romanos, si nada más te faltan las pestañas postizas!
Julio Cesar.- Por favor Cleopatra, no vayas a creer que... si esto sólo lo hice por agradarte.
Cleopatra.- Claro que me agrado, hace mucho que no me reía tanto. Y yo que estaba tan preocupada por gustarte, pero ahora entiendo que ni viéndome desnuda en las aguas del Nilo te hubiera atraído.
Julio Cesar.- (Acercándose) Sólo perdono tu burla porque eres la mujer más sensual y hermosa que he visto pero a este Eunuco ahorita mismo me lo echo.
Cleopatra.- Eso no lo dudo.
JULIO CESAR SE QUITA LA TIARA Y LA BATA QUEDÁNDOSE EN SU TRAJE DE GUERRERO.
Eunuco.- Señora, señora, sálveme.
Cleopatra.- (Impresionada) ¡Guuuaaa, este si es Julio Cesar, que fiero y bruto es!
Julio Cesar.- Ya verás Eunuco, lastima que ya te los hayan cortado porque ahora lo que te voy a cortar es el pescuezo.
Eunuco.- No, no, no. Mi reina, mi reina haga algo.
Cleopatra.- Julio Cesar, tómame soy tu esclava.
Julio Cesar.- (Va hacia Cleopatra) Claro que si porque ya siento que se levanta mi más poderosa espada.
JULIO CESAR, SIN SOLTAR AL EUNUCO, BESA Y CACHONDEA A CLEOPATRA HASTA QUE SE QUEDA CON UNA ESPONJA EN LA MANO.
Julio Cesar.- ¿Qué es esto? A pérfida mujer, querías engañarme con tus esponjitas.
Eunuco.- Ay, mi Reina, ya le poncharon las caderas.
EUNUCO Y
JULIO CESAR: Porque todo en esta vida se sabe
Sin poderlo remediar
Si ha sabido que en sus formas
Rellenos tan sólo hay
Que bobas son las mujeres
Que nos quieren engañar
Me dijiste.
Julio Cesar.- Así que me querían engañar par de embusteros.
Cleopatra.- Ese esclavo tuvo la culpa, pero créeme sólo lo hice por agradarte. Julio Cesar, te lo suplico, pégame pero no me dejes.
Julio Cesar.- (Al público) ¿Qué le pasa a esta mujer? No sabía que a las Egipcias les gustaba el sadomasoquismo, que raras.
ALGUIEN, POR ENTRE TELONES, LE PASA AL EUNUCO UNAS FOTOGRAFIAS DE JULIO CESAR VESTIDO DE ASIÁTICO.
Eunuco.- Alto ahí mi general, mire estas fotografías, se ve tan chic con su bata y su tiara. Y ya esta listo un mensajero para irse a Roma corriendo, corriendo con unas copias de estas fotografías que entregaría de inmediato a sus enemigos si a mi me sucediera cualquier cosa en mi agradable persona.
Julio Cesar.- Si la cámara de tomar fotos todavía no se inventa.
Eunuco.- Pero este es un sketch de teatro así que se aguanta.
Julio Cesar.- (Mirando las fotos) Esto es un vil chantaje.
Eunuco.- No, no, no, esto se llama espionaje y si no quiere que estas fotos lleguen al Senado Romano que tal si usted se relaja y olvida este ligero tropezón de la moda. Mire a la reina, esta embobada con usted, recuerde esta flaca pero trae su buena dote. Además el senado estaría tan orgulloso de su emperador si lograra unir el Reino de Egipto al poderoso Imperio Romano.
Cleopatra.- Estoy flaca pero te prometo que podré engordar un poquito.
Julio Cesar.- Bueno, también los huesos le dan sabor al caldo ¿qué no?
Vengase mi Cleo que ahora si vas a saber lo que bueno.
Cleopatra.- Eso quiero y tu ya verás que aunque flaca aun conservo otros encantos que te fascinaran.
SALEN CLEOPATRA Y JULIO CESAR.
Eunuco.- Y así quedo unido el reino Egipcio al Imperio Romano. Pensándolo bien, aunque ese Julio Cesar sea un bruto, que envidia me da la Cleo. Pero como dicen: la suerte de la fea la bonita la desea. Con permiso porque voy a darme mi baño diario con leche de burro. Good bye my friends.
SALE EUNUCO.
FIN DEL SEGUNDO CUADRO.
viernes, 22 de mayo de 2009
miércoles, 20 de mayo de 2009
LA HISTORIA DE LA BELLEZA (Dramaturgia)
De Magda González
La historia de la belleza
de los pies a la cabeza
Hoy les vamos a enseñar
Frente a usted
Y sin pensarlo
Hoy vamos a desnudar
Sin prejuicios y pudores
Que olvidando los temores
De la grasa el pecado original.
No queremos engañarlos
Con la belleza espiritual
Esas son puras patrañas
Ya conocemos las mañas
De los hipócritas del bla bla bla
Pues lo mas importante es
Lo que ustedes puedan ver
Y sus manos tentonear.
Oh,oh, oh, que piel tan suavecita
Que nalguitas tan bonitas
Y esa barba de candado
Enmarcando aquella boca
Que puros besos provoca
Y a mi hormona vuelve loca
Oca, oca, oca.
La historia de la belleza
Puede ser una rareza
Pero ya saben amigos
Fotografías, prohibidas
Para que gastar su flash
En estas idioteces
Que ahora vamos a empezar
Con cinismo sin igual
Sólo por baquetonear.
CUADRO I UNA CORONA PARA DOS
Personajes:
ACTRIZ 1
LUIS XIV, Rey de Francia.
AFRODITA, desnuda, carga una enorme concha que usa para cubrirse cuando quiere y donde le da la gana. Lleva una corona sobre la cabeza.
ENTRA ACTRIZ 1
Voces fuera
Luis XIV.- ¡Esto no pude ser, soy Luis XIV, Rey de Francia!
Afrodita.- ¡Tú eres un idiota, date cuenta! Soy Afrodita, la inmortal diosa griega de la belleza.
Luis XIV.- Por muy Diosa, muy inmortal y muy griega que seas tienes que entregarme esa corona, ¡es mía!
Afrodita.- ¡Ni con la fuerza de todos tus ejércitos me la podrás quitar!
Actriz 1.- Así tienen tres días peleando. El palacio real ya parece un basurero con tantas cosas que han roto. Son un par de soberbios insoportables. Los dizque muy hermosos le pidieron a Molière, el gran comediógrafo de esta corte, que decidiera cual de los dos merecía la corona de la belleza.
Pobre Molière, entre la obediencia a su rey o su adoración a la Diosa griega en que problemon se ha metido; pero como dicen: jalan más dos tetas que una yunta de carreta, y termino dándole la corona a la Diosa.
Ahora Afrodita se rehúsa a irse de este reino hasta que el Rey le rinda homenaje a su belleza, y por supuesto el Rey lo único que quiere es que la Diosa reconozca que él es el verdadero merecedor de la corona. Y ahí los tienen metidos en un pleito sin fin... pero creo que ahí viene el Rey y como yo no compro problemas ajenos ahí se los dejo.
SALE ACTRIZ 1. ENTRA LUIS XIV (ACTOR 1).
Luis XIV.- Ese estúpido de Molière como se atreve. Es el idiota más idiota que he conocido. O tal vez el idiota soy yo por tenerlo en mi corte. No, yo soy Luis XIV, el Rey Sol, dueño absoluto de toda Francia. ¿Y tú, que no piensas salir?
Afrodita.- (Fuera) Si me sigues gritando así, claro que no.
Luis XIV.- Lo que tengo que soportar por culpa de una mujer.
ENTRA AFRODITA (ACTRIZ 2).
Afrodita.- No soy una mujer, soy una Diosa inmortal.
Luis XIV.- Será un molusco en su concha.
Afrodita.- No que muy Rey, no que muy sol, pelado y rencoroso. Yo que culpa tengo que tu súbdito me haya entregado a mí la corona de la belleza.
Luis XVI.- Lo voy a mandar apalear. Yo soy la hermosura, la sapiencia, la estrategia, todos me deben rendir homenaje.
Afrodita.- Eres un pobre hombre como cualquiera de estos que están aquí, fatuo y vanidoso. Claro que ellos no usan peluca, maquillaje, tacones y medias.
Luis XVI.- Eso es lo que tu crees.
Afrodita.- Bueno, si nos fuéramos al siglo XXI y así lo hicieran, les llamarían mariquitas, jotitos, transvestí, drag-queen, etc., etc., etc.
Luis XIV.- Pero no estamos en el XXI sino en el XVII, y aquí la moda la impongo yo. Lo que sucede Afrodita es que me tienes envidia porque tu sólo eres una Diosa legendaria que ya hueles a rancio. Bueno, más bien a pescado, con eso que saliste del mar.
Afrodita.- No te creas tanto reyezuelo, que más hermosos que tú han muerto por mis encantos.
Luis XIV.- Esa no es ninguna gracia si andas en cueros, mira nomás, ni para comprarte un trapo tienes, ¿qué clase de diosa eres?
Afrodita.- La diosa de la belleza, aunque te duela, reyezuelo de pacotilla.
Luis XIV.- Pues yo, así como me ves, tengo a todo un pueblo a mis pies.
Afrodita.- Ni que fueras dama de la caridad, ¿o qué, también repartes tamales en año nuevo y navidad?
Luis XIV.- No, pero eso sí, doy cada año los descuentos de predial.
Afrodita.- Como Ernesto Gándara Camou.
Luis XIV.- ¿Y esa quien es?
Afrodita.- El Presidente Municipal de Hermosillo.
Luis XIV.- Shhhh, con él no te metas, que nos puede mandar cerrar este local.
Afrodita.- Pero ¿Por qué?
Luis XIV.- Pues porque andas de inmoral, tápate te digo. ¡ Pero ya basta de tus tonterías! Afrodita, entrégame esa corona, sabes muy bien que yo la merezco.
Afrodita.- Eres insoportable, tu vanidad no te deja ver mi hermosura, o qué ¿de verdad no te gustan las mujeres?
Luis XIV.- Crees que no lo había pensado, supongo que sí. Pero hasta ahora no he encontrado una mujer con mas encantos que yo, soy tan guapo.
Soy un hombre excepcional
Con perfección natural
Porque además de ser cuero
Tengo poder y dinero.
Las mujeres me persiguen
Soy el ídolo del pueblo.
El ejemplo de los hombres
Y si no lo quieres creer
Pregúntale a Eduardo,
A Calderón o a Andrés Manuel.
Miren a mi alrededor
Todos imitan al rey.
Afrodita.- Para mi eres el ser más feo y estrafalario del mundo.
Luis XIV.- ¡Qué, insensata, no sabes lo que dices!
Afrodita.- Nunca podría enamorarme de un hombre como tú.
Luis XIV.- Yo no soy un hombre.
Afrodita.- (Irónica) Eso ya lo sé.
Luis XIV.- ¡Soy el Rey Sol! ¡Afrodita, te ordeno que te enamores de mi!
Afrodita.- No y no, ni aunque me cantes la incondicional. Tu no llenas mis estándares de belleza. Eres feo, artificial. Mira:
Peluca en lugar de pelo
Medias que cuidan con celo
Las varices que has de tener.
Maquillajes a granel
Para que no puedan ver
Las cicatrices de tu piel.
Y tu traje que es un homenaje
A la jotería de este mundo gay.
Luis XIV.- (Furioso)Ahora sí te voy a mandar a hacer trocitos para que mis guardias te sirvan en cóctel.
Afrodita.- Tu que te atreves a ordenar eso y voy y te demando al Instituto Mexicano de la Mujer.
EMPIEZAN UNA CORRETIZA POR QUIEN SE QUEDA CON LA CORONA, COMENTARIOS AL LIBITUM, HASTA QUE LUIS XIV LE QUITA LA CORONA A AFRODITA.
ENTRA ACTRIZ 1 QUITÁNDOLES LA CORONA DE LAS MANOS A LUIS XIV.
Actriz 1.- ¡Alto ahí! Señora, lamento informarle que Molière, nuestro gran comediógrafo, a cambiado de opinión.
Afrodita.- ¡Qué!
Luis XIV.- Hasta que ese hombre ha entrado en razón. ¡Entrégame la corona criatura del escenario!
Actriz.- ¡Claro que no! Monsieur Molière en vista del gran escándalo que han armado ha decidido darle la corona a Felipillo y Albita.
Luis XIV.- ¿Y esos quiénes son?
Afrodita.- Creo que un dúo vernáculo.
Actriz 1.- (Escandalizada) ¡Eh, eh,eh... es el presi de México y Alba Esther Gordilla, la lidereza del SENTE !
Luis XIV.- ¡Traición, traición al Rey!
Afrodita.- ¡Que traición ni que nada, fraude, fraude, exigimos una revisión electoral!
Luis XIV.- Dile a ese idiota de Molière que lo voy a mandar decapitar.
Actriz.- Eso si lo encuentran, porque ese buey ya se les pelo.
Luis XIV.- Te ordeno que nos digas donde esta.
Actriz 1.- Eso es un secret.
Afrodita.- Dinos que le ofrecieron, nosotros le damos el doble.
Actriz 1.- Nada más y nada menos que un permiso de alcoholes con todo y local.
Afrodita.- ¡Mi madre en escabeche! Eso sí que no se puede, tendría que ser diputada o prima de ya sabes quién.
Luis XIV.- Imposible, con lo caro que esta el permiso, y las mordidas ni se diga, tendría que entregar todo mi reino.
Actriz 1.- Bueno feitos arre vua, o se a se, ahí nos vemos.
SALE ACTRIZ 1
Luis XIV.- Te digo, ya no se puede confiar en nadie.
Afrodita.- Hacerte esto a ti, al Rey sol, que iluminas el universo con tu galanura de encajes, peluca y tacón.
Luis XIV.- Y a ti, tan encantadora diosa mitológica, con tan hermosa conchita y otras cositas también redonditas.
Afrodita.- ¿Entonces, me consideras bonita?
Luis XIV.- Tan bonita como yo.
Luis XIV.- Bonita como aquellos juguetes
que yo tuve en los días infantiles de ayer.
Afrodita.- Bonito como el beso robado
como el llanto llorado por un hondo placer.
Luis XIV.- La sinceridad de tu espejo fiel puso vanidad en ti
Afrodita .- sabes mi ansiedad y haces un placer
Los dos .- de las penas que tu orgullo forja para mi.
Bonita, bonito, haz pedazos tu espejo
para ver si así dejo de sufrir tu altivez.
Bonita, Bonito.
SALEN AFRODITA Y LUIS XIV. ENTRA ACTRIZ 1.
Actriz 1.- Y vivieron felices para siempre. Ahora el problema lo sigue teniendo Molière porque se ha armado tremendo zafarrancho por los rumbos de los pinos y el sindicato, y todo por culpa de la mentada corona. Aunque ya se esta buscando la solución en la cámara de diputados: o se pone en medio un puente de transito entre el edifio de los pinos y el sindicato, o se manda de regalo pál los yunaite esteis. Ver para creer.
FIN DEL PRIMER CUADRO
La historia de la belleza
de los pies a la cabeza
Hoy les vamos a enseñar
Frente a usted
Y sin pensarlo
Hoy vamos a desnudar
Sin prejuicios y pudores
Que olvidando los temores
De la grasa el pecado original.
No queremos engañarlos
Con la belleza espiritual
Esas son puras patrañas
Ya conocemos las mañas
De los hipócritas del bla bla bla
Pues lo mas importante es
Lo que ustedes puedan ver
Y sus manos tentonear.
Oh,oh, oh, que piel tan suavecita
Que nalguitas tan bonitas
Y esa barba de candado
Enmarcando aquella boca
Que puros besos provoca
Y a mi hormona vuelve loca
Oca, oca, oca.
La historia de la belleza
Puede ser una rareza
Pero ya saben amigos
Fotografías, prohibidas
Para que gastar su flash
En estas idioteces
Que ahora vamos a empezar
Con cinismo sin igual
Sólo por baquetonear.
CUADRO I UNA CORONA PARA DOS
Personajes:
ACTRIZ 1
LUIS XIV, Rey de Francia.
AFRODITA, desnuda, carga una enorme concha que usa para cubrirse cuando quiere y donde le da la gana. Lleva una corona sobre la cabeza.
ENTRA ACTRIZ 1
Voces fuera
Luis XIV.- ¡Esto no pude ser, soy Luis XIV, Rey de Francia!
Afrodita.- ¡Tú eres un idiota, date cuenta! Soy Afrodita, la inmortal diosa griega de la belleza.
Luis XIV.- Por muy Diosa, muy inmortal y muy griega que seas tienes que entregarme esa corona, ¡es mía!
Afrodita.- ¡Ni con la fuerza de todos tus ejércitos me la podrás quitar!
Actriz 1.- Así tienen tres días peleando. El palacio real ya parece un basurero con tantas cosas que han roto. Son un par de soberbios insoportables. Los dizque muy hermosos le pidieron a Molière, el gran comediógrafo de esta corte, que decidiera cual de los dos merecía la corona de la belleza.
Pobre Molière, entre la obediencia a su rey o su adoración a la Diosa griega en que problemon se ha metido; pero como dicen: jalan más dos tetas que una yunta de carreta, y termino dándole la corona a la Diosa.
Ahora Afrodita se rehúsa a irse de este reino hasta que el Rey le rinda homenaje a su belleza, y por supuesto el Rey lo único que quiere es que la Diosa reconozca que él es el verdadero merecedor de la corona. Y ahí los tienen metidos en un pleito sin fin... pero creo que ahí viene el Rey y como yo no compro problemas ajenos ahí se los dejo.
SALE ACTRIZ 1. ENTRA LUIS XIV (ACTOR 1).
Luis XIV.- Ese estúpido de Molière como se atreve. Es el idiota más idiota que he conocido. O tal vez el idiota soy yo por tenerlo en mi corte. No, yo soy Luis XIV, el Rey Sol, dueño absoluto de toda Francia. ¿Y tú, que no piensas salir?
Afrodita.- (Fuera) Si me sigues gritando así, claro que no.
Luis XIV.- Lo que tengo que soportar por culpa de una mujer.
ENTRA AFRODITA (ACTRIZ 2).
Afrodita.- No soy una mujer, soy una Diosa inmortal.
Luis XIV.- Será un molusco en su concha.
Afrodita.- No que muy Rey, no que muy sol, pelado y rencoroso. Yo que culpa tengo que tu súbdito me haya entregado a mí la corona de la belleza.
Luis XVI.- Lo voy a mandar apalear. Yo soy la hermosura, la sapiencia, la estrategia, todos me deben rendir homenaje.
Afrodita.- Eres un pobre hombre como cualquiera de estos que están aquí, fatuo y vanidoso. Claro que ellos no usan peluca, maquillaje, tacones y medias.
Luis XVI.- Eso es lo que tu crees.
Afrodita.- Bueno, si nos fuéramos al siglo XXI y así lo hicieran, les llamarían mariquitas, jotitos, transvestí, drag-queen, etc., etc., etc.
Luis XIV.- Pero no estamos en el XXI sino en el XVII, y aquí la moda la impongo yo. Lo que sucede Afrodita es que me tienes envidia porque tu sólo eres una Diosa legendaria que ya hueles a rancio. Bueno, más bien a pescado, con eso que saliste del mar.
Afrodita.- No te creas tanto reyezuelo, que más hermosos que tú han muerto por mis encantos.
Luis XIV.- Esa no es ninguna gracia si andas en cueros, mira nomás, ni para comprarte un trapo tienes, ¿qué clase de diosa eres?
Afrodita.- La diosa de la belleza, aunque te duela, reyezuelo de pacotilla.
Luis XIV.- Pues yo, así como me ves, tengo a todo un pueblo a mis pies.
Afrodita.- Ni que fueras dama de la caridad, ¿o qué, también repartes tamales en año nuevo y navidad?
Luis XIV.- No, pero eso sí, doy cada año los descuentos de predial.
Afrodita.- Como Ernesto Gándara Camou.
Luis XIV.- ¿Y esa quien es?
Afrodita.- El Presidente Municipal de Hermosillo.
Luis XIV.- Shhhh, con él no te metas, que nos puede mandar cerrar este local.
Afrodita.- Pero ¿Por qué?
Luis XIV.- Pues porque andas de inmoral, tápate te digo. ¡ Pero ya basta de tus tonterías! Afrodita, entrégame esa corona, sabes muy bien que yo la merezco.
Afrodita.- Eres insoportable, tu vanidad no te deja ver mi hermosura, o qué ¿de verdad no te gustan las mujeres?
Luis XIV.- Crees que no lo había pensado, supongo que sí. Pero hasta ahora no he encontrado una mujer con mas encantos que yo, soy tan guapo.
Soy un hombre excepcional
Con perfección natural
Porque además de ser cuero
Tengo poder y dinero.
Las mujeres me persiguen
Soy el ídolo del pueblo.
El ejemplo de los hombres
Y si no lo quieres creer
Pregúntale a Eduardo,
A Calderón o a Andrés Manuel.
Miren a mi alrededor
Todos imitan al rey.
Afrodita.- Para mi eres el ser más feo y estrafalario del mundo.
Luis XIV.- ¡Qué, insensata, no sabes lo que dices!
Afrodita.- Nunca podría enamorarme de un hombre como tú.
Luis XIV.- Yo no soy un hombre.
Afrodita.- (Irónica) Eso ya lo sé.
Luis XIV.- ¡Soy el Rey Sol! ¡Afrodita, te ordeno que te enamores de mi!
Afrodita.- No y no, ni aunque me cantes la incondicional. Tu no llenas mis estándares de belleza. Eres feo, artificial. Mira:
Peluca en lugar de pelo
Medias que cuidan con celo
Las varices que has de tener.
Maquillajes a granel
Para que no puedan ver
Las cicatrices de tu piel.
Y tu traje que es un homenaje
A la jotería de este mundo gay.
Luis XIV.- (Furioso)Ahora sí te voy a mandar a hacer trocitos para que mis guardias te sirvan en cóctel.
Afrodita.- Tu que te atreves a ordenar eso y voy y te demando al Instituto Mexicano de la Mujer.
EMPIEZAN UNA CORRETIZA POR QUIEN SE QUEDA CON LA CORONA, COMENTARIOS AL LIBITUM, HASTA QUE LUIS XIV LE QUITA LA CORONA A AFRODITA.
ENTRA ACTRIZ 1 QUITÁNDOLES LA CORONA DE LAS MANOS A LUIS XIV.
Actriz 1.- ¡Alto ahí! Señora, lamento informarle que Molière, nuestro gran comediógrafo, a cambiado de opinión.
Afrodita.- ¡Qué!
Luis XIV.- Hasta que ese hombre ha entrado en razón. ¡Entrégame la corona criatura del escenario!
Actriz.- ¡Claro que no! Monsieur Molière en vista del gran escándalo que han armado ha decidido darle la corona a Felipillo y Albita.
Luis XIV.- ¿Y esos quiénes son?
Afrodita.- Creo que un dúo vernáculo.
Actriz 1.- (Escandalizada) ¡Eh, eh,eh... es el presi de México y Alba Esther Gordilla, la lidereza del SENTE !
Luis XIV.- ¡Traición, traición al Rey!
Afrodita.- ¡Que traición ni que nada, fraude, fraude, exigimos una revisión electoral!
Luis XIV.- Dile a ese idiota de Molière que lo voy a mandar decapitar.
Actriz.- Eso si lo encuentran, porque ese buey ya se les pelo.
Luis XIV.- Te ordeno que nos digas donde esta.
Actriz 1.- Eso es un secret.
Afrodita.- Dinos que le ofrecieron, nosotros le damos el doble.
Actriz 1.- Nada más y nada menos que un permiso de alcoholes con todo y local.
Afrodita.- ¡Mi madre en escabeche! Eso sí que no se puede, tendría que ser diputada o prima de ya sabes quién.
Luis XIV.- Imposible, con lo caro que esta el permiso, y las mordidas ni se diga, tendría que entregar todo mi reino.
Actriz 1.- Bueno feitos arre vua, o se a se, ahí nos vemos.
SALE ACTRIZ 1
Luis XIV.- Te digo, ya no se puede confiar en nadie.
Afrodita.- Hacerte esto a ti, al Rey sol, que iluminas el universo con tu galanura de encajes, peluca y tacón.
Luis XIV.- Y a ti, tan encantadora diosa mitológica, con tan hermosa conchita y otras cositas también redonditas.
Afrodita.- ¿Entonces, me consideras bonita?
Luis XIV.- Tan bonita como yo.
Luis XIV.- Bonita como aquellos juguetes
que yo tuve en los días infantiles de ayer.
Afrodita.- Bonito como el beso robado
como el llanto llorado por un hondo placer.
Luis XIV.- La sinceridad de tu espejo fiel puso vanidad en ti
Afrodita .- sabes mi ansiedad y haces un placer
Los dos .- de las penas que tu orgullo forja para mi.
Bonita, bonito, haz pedazos tu espejo
para ver si así dejo de sufrir tu altivez.
Bonita, Bonito.
SALEN AFRODITA Y LUIS XIV. ENTRA ACTRIZ 1.
Actriz 1.- Y vivieron felices para siempre. Ahora el problema lo sigue teniendo Molière porque se ha armado tremendo zafarrancho por los rumbos de los pinos y el sindicato, y todo por culpa de la mentada corona. Aunque ya se esta buscando la solución en la cámara de diputados: o se pone en medio un puente de transito entre el edifio de los pinos y el sindicato, o se manda de regalo pál los yunaite esteis. Ver para creer.
FIN DEL PRIMER CUADRO
viernes, 15 de mayo de 2009
EL FAUNO
Giro y giro sobre mi propio eje. Sólo busco un olor conocido, una textura, algo donde encontrar un refugio en la confusión.
Y donde había tierra firme, ahora hay lodo que se pega a mis recuerdos.
El Fauno se encontraba recostado sobre el verde césped acariciado displicentemente su maravilloso y perfecto pené erecto.
Sonreía orgulloso recordando a las ninfas, que entre regaños y murmullos caían seducidas ante el furor que provocaba su destreza para atraparlas de sus caderas y besar sus pezones, mientras sus manos ágiles acariciaban sus redondos muslos hasta que, cediendo, abrían sus piernas para que el pené del Fauno frotara una y otra vez el surco de sus vaginas provocando en ellas el más gozoso placer.
Su vida era tan maravillosa, todo parecía perfecto, pero un cruel y nefasto día, llevado por su lujuria, no hizo caso a la orden del Dios Apolo que le había prohibido seducir a una vestal que cuidaba su templo, y esa misma noche, el Dios hizo desaparecer a todas las ninfas, y surgió de las entrañas de la tierra una giganta.
El fauno se atemorizó y corrió a esconderse, pero el Dios Apolo le ordenó que saliera y recibiera a la giganta como su única compañera, y pobre de él que intentara dejarla, porque entonces el castigo que le mandaría sería terrible.
El fauno se preguntaba qué iba a hacer él con la giganta, con las ninfas era diferente, pero una giganta tiene una vagina del tamaño del volcán del Dios Hefesto. Cómo apagaría el fuego de la giganta, si su pené ante ella era del tamaño de una bellota. Y así, el Fauno pasaba sus días frotando su pené entristecido. La giganta, resignada a su suerte, se dedicó a cultivar flores para elaborar perfumes que alegraran sus aletargados días. Cuando ella iba al arroyo por agua, veía reflejada en el espejo acuoso su hermoso cuerpo, y se preguntaba: ¿cuándo llegaría un gigante que la sacara de ese castigo que no merecía?
Los dos, día a día, se veían sin saber que decirse, hasta que el Fauno le dijo a la Giganta que le encantaba el olor de sus perfumes. Ella, agradecida, le acaricio con su dedo meñique el cabello al Fauno.
Y ese día, por primera vez, el Fauno y la Giganta durmieron juntos.
Pronto llegaría la primavera, y el Fauno ayudó a la Giganta a cultivar las flores para hacer los perfumes. Después, en otoño, rasgaban los troncos de los árboles para recoger la sabia con los que harían las esencias de invierno.
Así llenaron su vida; hasta que un día la Diosa Afrodita, que pasaba cerca del bosque, percibió el más exquisito aroma, y llegando hasta donde estaba el olor se encontró con la giganta y el fauno y les dijo: Este es el perfume más hermoso que he conocido, quiero que me enseñen como hacerlo, y a cambio yo les daré lo que deseen.
El Fauno y la Giganta, temerosos de recibir un castigo de la Diosa Afrodita, decidieron darle la fórmula. La Diosa contentísima les dijo que le pidieran lo que quisieran.
Ellos miraron su hermoso jardín de flores cultivadas, pero al mismo tiempo el Fauno deseó el retorno de las ninfas, y la giganta se imaginó el amor de un hermoso gigante que apagaría su furor y deseo de amar.
Afrodita, que tiene el poder de saber lo que imaginan los demás, al momento supo lo que deseaban, e hizo aparecer a un hermoso gigante que tomó la mano de la giganta.
La giganta estaba tan emocionada que no se dio cuenta de la forma tan triste como la miraba el Fauno. Afrodita, miró al Fauno, e inmediatamente hizo surgir del fondo del arroyo más próximo, cientos de hermosas ninfas que rodearon jubilosas al Fauno. Inmediatamente el pené del Fauno se irguió poderoso, viril, y sintiendo el impulso incontrolable de su lujuria salió corriendo tras las ninfas.
Y así el río siempre retoma a su cauce natural. Pero algunas noches mientras el fauno duerme satisfecho entre las ninfas, y la giganta duerme complacida junto a su gigante, se sueñan, y de todo su cuerpo exhala el hermoso perfume que crearon juntos.
Y donde había tierra firme, ahora hay lodo que se pega a mis recuerdos.
El Fauno se encontraba recostado sobre el verde césped acariciado displicentemente su maravilloso y perfecto pené erecto.
Sonreía orgulloso recordando a las ninfas, que entre regaños y murmullos caían seducidas ante el furor que provocaba su destreza para atraparlas de sus caderas y besar sus pezones, mientras sus manos ágiles acariciaban sus redondos muslos hasta que, cediendo, abrían sus piernas para que el pené del Fauno frotara una y otra vez el surco de sus vaginas provocando en ellas el más gozoso placer.
Su vida era tan maravillosa, todo parecía perfecto, pero un cruel y nefasto día, llevado por su lujuria, no hizo caso a la orden del Dios Apolo que le había prohibido seducir a una vestal que cuidaba su templo, y esa misma noche, el Dios hizo desaparecer a todas las ninfas, y surgió de las entrañas de la tierra una giganta.
El fauno se atemorizó y corrió a esconderse, pero el Dios Apolo le ordenó que saliera y recibiera a la giganta como su única compañera, y pobre de él que intentara dejarla, porque entonces el castigo que le mandaría sería terrible.
El fauno se preguntaba qué iba a hacer él con la giganta, con las ninfas era diferente, pero una giganta tiene una vagina del tamaño del volcán del Dios Hefesto. Cómo apagaría el fuego de la giganta, si su pené ante ella era del tamaño de una bellota. Y así, el Fauno pasaba sus días frotando su pené entristecido. La giganta, resignada a su suerte, se dedicó a cultivar flores para elaborar perfumes que alegraran sus aletargados días. Cuando ella iba al arroyo por agua, veía reflejada en el espejo acuoso su hermoso cuerpo, y se preguntaba: ¿cuándo llegaría un gigante que la sacara de ese castigo que no merecía?
Los dos, día a día, se veían sin saber que decirse, hasta que el Fauno le dijo a la Giganta que le encantaba el olor de sus perfumes. Ella, agradecida, le acaricio con su dedo meñique el cabello al Fauno.
Y ese día, por primera vez, el Fauno y la Giganta durmieron juntos.
Pronto llegaría la primavera, y el Fauno ayudó a la Giganta a cultivar las flores para hacer los perfumes. Después, en otoño, rasgaban los troncos de los árboles para recoger la sabia con los que harían las esencias de invierno.
Así llenaron su vida; hasta que un día la Diosa Afrodita, que pasaba cerca del bosque, percibió el más exquisito aroma, y llegando hasta donde estaba el olor se encontró con la giganta y el fauno y les dijo: Este es el perfume más hermoso que he conocido, quiero que me enseñen como hacerlo, y a cambio yo les daré lo que deseen.
El Fauno y la Giganta, temerosos de recibir un castigo de la Diosa Afrodita, decidieron darle la fórmula. La Diosa contentísima les dijo que le pidieran lo que quisieran.
Ellos miraron su hermoso jardín de flores cultivadas, pero al mismo tiempo el Fauno deseó el retorno de las ninfas, y la giganta se imaginó el amor de un hermoso gigante que apagaría su furor y deseo de amar.
Afrodita, que tiene el poder de saber lo que imaginan los demás, al momento supo lo que deseaban, e hizo aparecer a un hermoso gigante que tomó la mano de la giganta.
La giganta estaba tan emocionada que no se dio cuenta de la forma tan triste como la miraba el Fauno. Afrodita, miró al Fauno, e inmediatamente hizo surgir del fondo del arroyo más próximo, cientos de hermosas ninfas que rodearon jubilosas al Fauno. Inmediatamente el pené del Fauno se irguió poderoso, viril, y sintiendo el impulso incontrolable de su lujuria salió corriendo tras las ninfas.
Y así el río siempre retoma a su cauce natural. Pero algunas noches mientras el fauno duerme satisfecho entre las ninfas, y la giganta duerme complacida junto a su gigante, se sueñan, y de todo su cuerpo exhala el hermoso perfume que crearon juntos.
martes, 12 de mayo de 2009
LA NOCHE DE MATILDA ESQUER (Novela en construcción)
CAPÍTULO IV
Matilda entró al bar. Tenía dos días de haber llegado a la ciudad. Se había quedado en casa de una amiga, pro ella sabía que sólo podía quedarse unos días más porque, al parecer, su presencia en la casa no le gustaba mucho a la suegra de su amiga. Pero, total, ya era bastante la ayuda que le había brindado.
Venía toda sudorosa, porque afuera esta haciendo un calor endemoniado. Sólo a ella se le pudo haber ocurrido venirse a la ciudad en agosto, pero era ahora o nunca. ¿Qué iba a hacer ella en la casa de Kino Viejo? No, Matilda quería hacer un verdadero cambio, agarró los pocos pesos que le quedaban, y le dijo a la tía Remedios que rentara la casa. Le aviso a Teresa que dejaba el puesto, pero que mientras lo iba a atender la tía Remedios, no más para que no se molestara Doña Dulce, ya que a ella no le gustaba dejar tirados sus compromisos, pero era urgente irse para la ciudad.
Cuando Matilda guardaba sus cosas en una maleta y una caja de cartón, se preguntaba ¿Por qué se iba? En realidad, nadie la esperaba en la ciudad, ni tampoco tenía trabajo allá. Pero algo muy dentro la impulsaba a irse, así como cuando las olas arrojan lo que no quieren fuera del mar. A la mejor Kino Viejo no la quería ahí, de otra forma ella estaría conforme. Ella tiene un trabajo, que mal que bien la mantiene, tiene casa propia, a su tía Remedios… pero lo que no tiene es a ella. La tía Remedios dice que cuando uno encuentra a su hombre, uno se queda donde se queda ese hombre, y si él se quiere ir, una lo sigue, por eso ella se hizo vieja ahí en Kino Viejo, junto al tío Pedro. El tío hace años que murió, pero la tía Remedios no se quiere ir de Kino Viejo; eso que tiene cuñadas en Alamos que viven de empacar conservas de frutas, la invitan a irse, pero ella no quiere.
Tal vez la tía Remedios ya se encontró aquí, en Kino Viejo. Matilda, no. Ella sabía que para encontrarse, primero tenía que irse, a qué, no lo sabía, pero no era un hombre, era algo más. Ella ya había tenido un hombre y se fue, y la verdad no le dieron ganas de seguirlo. Cuando lo vio irse en el camión no sintió nada, sólo como si su cuerpo se aligerara. Le deseo suerte. Cada quien debe vivir su vida con alegría, y Matilda sabía, que con ese hombre que se fue, no. El también se andaba buscando, por eso se vino a la pizca hasta acá, hasta el campo, desde Michoacán, y no encontró nada. No sé que se vino a buscar, si en su pueblo había muchas mariposas monarcas. Ya no volvió a saber nada de él, aunque le prometió que le iba a escribir cuando cruzara la frontera, pero ya nunca le escribió. No, no coincidieron.
Al cerrar la puerta de su casa, sintió una gran alegría, pero al mismo tiempo sintió vergüenza. Se supone que debería estar triste, y ella no, estaba muy contenta, sabía que hacía lo correcto. Todo se lo decía.
Fue a despedirse de la tía Remedios. Cuando abrió su bolso para entregarle las llaves de la casa, encontró la credencial de elector de la señora que le compró cigarros, de Sofía, se la entregó a su tía, no vaya a ser que regrese otra vez Kino, y fuera al puesto a buscarla.
- Sí, es de la señora que fue a comprarme cigarros, después de la tormenta del sábado- Le explicó a su tía Remedios.
- ¿Qué raro que anduviera alguien después de la tormenta?
- Se veía muy nerviosa. Iba buscando a un señor que también acababa de pasar muy apurado.
- ¡Jesús bendito! –exclamó la tía preocupada- No vayan a tener algo que ver con el muertito.
- Si ni lo han encontrado, tía.
- Pero todo el poblado vio ese cuerpo flotando.
- Ya lo anda buscando la policía en lanchas, y nada.
De repente escucharon la voz de Doña Juana, que venía apresurada a buscar a la tía Remedios.
- ¡Cristo Jesús! ¡Dicen que ya lo encontraron!
- ¡A el muerto! - Le dijo asustada la tía Remedios.
- Todavía no se sabe, porque apenas viene la lancha. – Y mirando las maletas de Matilda.- Y tú, ¿A dónde vas?
- Voy para la ciudad a ver que hallo.
- Puro calor, mi reina, puro calor. -Le dijo Doña Juana
Muchas veces, Matilda, había hecho el viaje de Bahía Kino a Hermosillo. Que si algún negocio, que si a llevar a su má al doctor. Pero ahora era diferente. El recorrido que hizo por la carretera era diferente. Más lento. A lo mejor estando en Hermosillo, pronto querría irse a otra ciudad.
- Señorita, ¿se le ofrece algo? –Era la mesera del bar.
- Sí, vengo por lo del anunció del periódico.
- Espéreme tantito.
La mesera se fue rumbo a la barra. La muchacha traía un delantal que decía, “Bar: El Aguijón”. Se acercó a un señor, le dijo algo y luego regreso.
- Dice, Don Efraín, que ahorita viene, que lo espere tantito, ¿cómo te llamas?
- Matilda Esquer.
La mesera queriéndole dar confianza la invitó a sentarse para que esperara.
- Aquí pagan poco, pero los clientes luego nos dejan buenas propinas.
El lugar no era muy grande, tal vez unos doce metros. Le llamó la atención que en las paredes había fotos de estrellas de cine. Qué chistoso, de la María Félix, hasta de la Talía. Alguien se acerco a la rocola y la echo a andar. “Tristes lloran mis cansados parpados, al mirar que se apago la lámpara”, decía la canción. Matilda se la sabía, era la que había cantado en la escuela cuando ganó la bolsa de dulces.
Se le habían hinchado los pies, tal vez por el calor. En Kino también hacia calor, pero en la ciudad se sentía más duro, tal vez por tanto cemento. Frente a ella estaba un hombre flaco y ya viejón.
- Dígame ¿qué se le ofrece?
- Vengo por lo del trabajo.
- ¿Tiene experiencia?
- Nunca he trabajado en un bar, pero en Kino le trabajaba a una señora en un puesto de mariscos.
- ¿Así qué no eres de Hermosillo?
Matilda se dio cuenta que como que eso no le había gustado al hombre, y quiso se un poco más simpática, necesitaba el trabajo.
- Pues sí, y no. Muchas veces había venido a Hermosillo, pero nunca me había quedado, pero ahora sí. Su lugar es muy bonito, tiene fotos de muchos artistas.
- ¿Te gustan los artistas? –Preguntó irónico.
- Sí, mucho. De chamaca yo quise ser cantante.
- Pues sí, yo de chamaco quise ser bombero.
Rieron. Efraín se dio cuenta que Matilda era muy inocentona.
- A qué chamaca, aquí vas a conocer a muchas artistas. Todos los viernes y sábados tenemos shows.
- ¿Eso quiere decir qué me da el trabajo?
- Mira chamaca, yo pago setenta y cinco pesos. No me pongas esa cara, ya sé que es poco. Pero si sabes tratar bien a los clientes te va bien.
- ¿Cómo es eso de tratar bien a los clientes? –Preguntó desconfiada.
- No te me aceleres, aquí no contratamos putas. Este es un lugar familiar. Te quiero decir que des un servicio rápido y limpio.
En ese momento entraron el conjunto de música norteña, los taca taca, y uno de ellos se acerco a Don Efraín.
- ¡Qué paso, señor!, ¿Nos va a dar chanza de tocar?
- No más no molesten mucho a los clientes – Y dirigiéndose a uno de ellos.- Y tú, Javi, no andes ofreciendo pendejadas.
- ¿Y usted, de dónde sacó eso? –Le contestó el músico, nervioso.
- El otro día un cliente me preguntó por ti, si le habías traído el encargo-
- Era carne machaca.- Le dijo, evasivo.
- Carne machaca, tu chingada madre.
Los músicos rieron y uno de ellos, el más joven dijo:
- ¡Qué va a pensar la señorita, Don Efraín!
Don Efraín ya molesto les dijo:
- ¡Órale, pues, a lo que vinieron!
Los músicos se alejaron, y empezaron a ir entre las mesas.
- ¿Cómo me dijiste que te llamabas, chamaca?
- Matilda, Matilda Esquer.
En ese momento los taca taca, empezaron a tocar, con gran barullo, el tololoche chicoteado. Don Efraín levantó la voz.
- Mira, Matilda, vas a estar a prueba, ¿Te interesa, o no?
Matilda casi gritando le dice:
- Pues sí, a ver que pasa.
Matilda entró al bar. Tenía dos días de haber llegado a la ciudad. Se había quedado en casa de una amiga, pro ella sabía que sólo podía quedarse unos días más porque, al parecer, su presencia en la casa no le gustaba mucho a la suegra de su amiga. Pero, total, ya era bastante la ayuda que le había brindado.
Venía toda sudorosa, porque afuera esta haciendo un calor endemoniado. Sólo a ella se le pudo haber ocurrido venirse a la ciudad en agosto, pero era ahora o nunca. ¿Qué iba a hacer ella en la casa de Kino Viejo? No, Matilda quería hacer un verdadero cambio, agarró los pocos pesos que le quedaban, y le dijo a la tía Remedios que rentara la casa. Le aviso a Teresa que dejaba el puesto, pero que mientras lo iba a atender la tía Remedios, no más para que no se molestara Doña Dulce, ya que a ella no le gustaba dejar tirados sus compromisos, pero era urgente irse para la ciudad.
Cuando Matilda guardaba sus cosas en una maleta y una caja de cartón, se preguntaba ¿Por qué se iba? En realidad, nadie la esperaba en la ciudad, ni tampoco tenía trabajo allá. Pero algo muy dentro la impulsaba a irse, así como cuando las olas arrojan lo que no quieren fuera del mar. A la mejor Kino Viejo no la quería ahí, de otra forma ella estaría conforme. Ella tiene un trabajo, que mal que bien la mantiene, tiene casa propia, a su tía Remedios… pero lo que no tiene es a ella. La tía Remedios dice que cuando uno encuentra a su hombre, uno se queda donde se queda ese hombre, y si él se quiere ir, una lo sigue, por eso ella se hizo vieja ahí en Kino Viejo, junto al tío Pedro. El tío hace años que murió, pero la tía Remedios no se quiere ir de Kino Viejo; eso que tiene cuñadas en Alamos que viven de empacar conservas de frutas, la invitan a irse, pero ella no quiere.
Tal vez la tía Remedios ya se encontró aquí, en Kino Viejo. Matilda, no. Ella sabía que para encontrarse, primero tenía que irse, a qué, no lo sabía, pero no era un hombre, era algo más. Ella ya había tenido un hombre y se fue, y la verdad no le dieron ganas de seguirlo. Cuando lo vio irse en el camión no sintió nada, sólo como si su cuerpo se aligerara. Le deseo suerte. Cada quien debe vivir su vida con alegría, y Matilda sabía, que con ese hombre que se fue, no. El también se andaba buscando, por eso se vino a la pizca hasta acá, hasta el campo, desde Michoacán, y no encontró nada. No sé que se vino a buscar, si en su pueblo había muchas mariposas monarcas. Ya no volvió a saber nada de él, aunque le prometió que le iba a escribir cuando cruzara la frontera, pero ya nunca le escribió. No, no coincidieron.
Al cerrar la puerta de su casa, sintió una gran alegría, pero al mismo tiempo sintió vergüenza. Se supone que debería estar triste, y ella no, estaba muy contenta, sabía que hacía lo correcto. Todo se lo decía.
Fue a despedirse de la tía Remedios. Cuando abrió su bolso para entregarle las llaves de la casa, encontró la credencial de elector de la señora que le compró cigarros, de Sofía, se la entregó a su tía, no vaya a ser que regrese otra vez Kino, y fuera al puesto a buscarla.
- Sí, es de la señora que fue a comprarme cigarros, después de la tormenta del sábado- Le explicó a su tía Remedios.
- ¿Qué raro que anduviera alguien después de la tormenta?
- Se veía muy nerviosa. Iba buscando a un señor que también acababa de pasar muy apurado.
- ¡Jesús bendito! –exclamó la tía preocupada- No vayan a tener algo que ver con el muertito.
- Si ni lo han encontrado, tía.
- Pero todo el poblado vio ese cuerpo flotando.
- Ya lo anda buscando la policía en lanchas, y nada.
De repente escucharon la voz de Doña Juana, que venía apresurada a buscar a la tía Remedios.
- ¡Cristo Jesús! ¡Dicen que ya lo encontraron!
- ¡A el muerto! - Le dijo asustada la tía Remedios.
- Todavía no se sabe, porque apenas viene la lancha. – Y mirando las maletas de Matilda.- Y tú, ¿A dónde vas?
- Voy para la ciudad a ver que hallo.
- Puro calor, mi reina, puro calor. -Le dijo Doña Juana
Muchas veces, Matilda, había hecho el viaje de Bahía Kino a Hermosillo. Que si algún negocio, que si a llevar a su má al doctor. Pero ahora era diferente. El recorrido que hizo por la carretera era diferente. Más lento. A lo mejor estando en Hermosillo, pronto querría irse a otra ciudad.
- Señorita, ¿se le ofrece algo? –Era la mesera del bar.
- Sí, vengo por lo del anunció del periódico.
- Espéreme tantito.
La mesera se fue rumbo a la barra. La muchacha traía un delantal que decía, “Bar: El Aguijón”. Se acercó a un señor, le dijo algo y luego regreso.
- Dice, Don Efraín, que ahorita viene, que lo espere tantito, ¿cómo te llamas?
- Matilda Esquer.
La mesera queriéndole dar confianza la invitó a sentarse para que esperara.
- Aquí pagan poco, pero los clientes luego nos dejan buenas propinas.
El lugar no era muy grande, tal vez unos doce metros. Le llamó la atención que en las paredes había fotos de estrellas de cine. Qué chistoso, de la María Félix, hasta de la Talía. Alguien se acerco a la rocola y la echo a andar. “Tristes lloran mis cansados parpados, al mirar que se apago la lámpara”, decía la canción. Matilda se la sabía, era la que había cantado en la escuela cuando ganó la bolsa de dulces.
Se le habían hinchado los pies, tal vez por el calor. En Kino también hacia calor, pero en la ciudad se sentía más duro, tal vez por tanto cemento. Frente a ella estaba un hombre flaco y ya viejón.
- Dígame ¿qué se le ofrece?
- Vengo por lo del trabajo.
- ¿Tiene experiencia?
- Nunca he trabajado en un bar, pero en Kino le trabajaba a una señora en un puesto de mariscos.
- ¿Así qué no eres de Hermosillo?
Matilda se dio cuenta que como que eso no le había gustado al hombre, y quiso se un poco más simpática, necesitaba el trabajo.
- Pues sí, y no. Muchas veces había venido a Hermosillo, pero nunca me había quedado, pero ahora sí. Su lugar es muy bonito, tiene fotos de muchos artistas.
- ¿Te gustan los artistas? –Preguntó irónico.
- Sí, mucho. De chamaca yo quise ser cantante.
- Pues sí, yo de chamaco quise ser bombero.
Rieron. Efraín se dio cuenta que Matilda era muy inocentona.
- A qué chamaca, aquí vas a conocer a muchas artistas. Todos los viernes y sábados tenemos shows.
- ¿Eso quiere decir qué me da el trabajo?
- Mira chamaca, yo pago setenta y cinco pesos. No me pongas esa cara, ya sé que es poco. Pero si sabes tratar bien a los clientes te va bien.
- ¿Cómo es eso de tratar bien a los clientes? –Preguntó desconfiada.
- No te me aceleres, aquí no contratamos putas. Este es un lugar familiar. Te quiero decir que des un servicio rápido y limpio.
En ese momento entraron el conjunto de música norteña, los taca taca, y uno de ellos se acerco a Don Efraín.
- ¡Qué paso, señor!, ¿Nos va a dar chanza de tocar?
- No más no molesten mucho a los clientes – Y dirigiéndose a uno de ellos.- Y tú, Javi, no andes ofreciendo pendejadas.
- ¿Y usted, de dónde sacó eso? –Le contestó el músico, nervioso.
- El otro día un cliente me preguntó por ti, si le habías traído el encargo-
- Era carne machaca.- Le dijo, evasivo.
- Carne machaca, tu chingada madre.
Los músicos rieron y uno de ellos, el más joven dijo:
- ¡Qué va a pensar la señorita, Don Efraín!
Don Efraín ya molesto les dijo:
- ¡Órale, pues, a lo que vinieron!
Los músicos se alejaron, y empezaron a ir entre las mesas.
- ¿Cómo me dijiste que te llamabas, chamaca?
- Matilda, Matilda Esquer.
En ese momento los taca taca, empezaron a tocar, con gran barullo, el tololoche chicoteado. Don Efraín levantó la voz.
- Mira, Matilda, vas a estar a prueba, ¿Te interesa, o no?
Matilda casi gritando le dice:
- Pues sí, a ver que pasa.
sábado, 9 de mayo de 2009
LA NOCHE DE MATILDA ESQUER (Novela en construcción)
CAPÍTULO III
“Y recuerden amables radio escuchas, si mañana no tiene necesidad de salir, no salga, se pronostica la llegada del huracán Ulises a las costas de Bahía Kino. Con este recordatorio me despido de nuestra primera emisión de noticias. Soy Cecilia Maldonado. Hasta la próxima y mucha suerte.”
Cecilia se quito los audífonos, se le quedo mirando al chico de la consola de transmisión. Éste le dijo que ya estaban fuera. Cecilia le dio las gracias. Al menos ya había terminado la primera jornada. Esa mañana ni siquiera le había alcanzado el tiempo para tomarse su licuado dietético. De ahí salir casi corriendo para el salón de belleza. Tenía que estar muy presentable para las cámaras del noticiero televisivo del mediodía. Estaba recogiendo sus cosas cuando entro Manuel.
- Manuelito, te encargo que antes de que yo entre a la cabina, le eches desodorante. Ramón siempre la deja llena de olor a cigarro.
- No se preocupe, licenciada. Ya se lo he dicho, pero no hace caso.
- Pues repórtelo.
Manuel no le contestó. No quiere problemas con Ramón Loaiza, capaz y le inventa algo y lo corren a él.
- Si usted no lo reporta, lo reporto yo. Tiene que respetar las reglas de la empresa.
Le contesta Manuel, sin mirarla.
- Le prometo que ya no se me olvida lo del desodorante.
- No me tenga miedo, Manuel. En el noticiero parece que como lumbre, pero eso le gusta a la gente. Oírme decir lo que a ellos les gustaría decirles a esos políticos corruptos, y esos delincuentes que no tienen ni un poco de conciencia social…
Mientras ella dice todo su discurso, de periodista comprometida con la sociedad, Manuel sólo la mira atento. Para él, Cecilia, era la locutora de noticias más fregona de todas, además de guapa, tenía unos ojos verdes, que aunque no quisiera Manuel, siempre le llamaba la atención. Aunque sentía él que en esa mirada había algo que no checaba, algo así, como tristeza de mujer mal cogida. A lo mejor porque ya no era una jovencita, sino una cuarentona muy bien conservada.
- Manuelito, ¿qué no me esta escuchando? Cómo quién dice, se fue, se fue, como pelota de beis ball.
- Disculpe, licenciada, es que a veces me atonto; yo creo que porque no duermo bien.
- Ha de ser el stress. Debería irse de vacaciones un rato.
- No, si es cuando me pagan mejor, cuando me quedo en mis vacaciones. A lo mejor este fin de semana.
- Al menos que quiera que lo coja el huracán, pues vaya. ¿Ya me sacaste el carro del estacionamiento?
- Sí, esta frente a la puerta principal, licenciada.
- Gracias, Manuelito, en la quincena le doy sus propinas. Mire, ya se me hizo tarde por estar platicando. Hasta el lunes, Manuelito.
Ella salió apresurada, él no pudo evitar quedársele viendo las nalgas, eran tan bien formadas, y se le notaban tanto en el pantalón de mezclilla que traía, que se le antojaba meterle mano. Claro, no más se le antojaba y ya.
En eso entró Samuel García, el locutor del programa que seguía de transmitir. Se notaba molesto.
- ¡Mondriga vieja, ya me dejó la cabina llena de ese perfume con el que me duele la cabeza!
- ¿Quiere que le traiga su café?
- ¡Por supuesto!
Mientras, Manuel iba caminando por el pasillo de la estación de radio para traerle el café a Samuel, se quedo pensando: ¡Qué chingón era este señor, que a los cincuenta años se volvió locutor, y todo porque se sabe cotorrear a la gente! Él ni sentido del humor tiene. Creo que, Samuel García, ni la secundaria termino. En cambio él sí. Tanta gente que ha podido progresar, así, sin tanto estudio, en cambio él no ha pasado de ser asistente de limpieza de la radio. Eso sí, ya tenía diez años trabajando ahí, y nunca había llegado tarde, y eso que entraba a las seis de la mañana. Siempre tenía muy limpias las oficinas, y nunca se había perdido nada en su horario. Todos le decían Manuelito. Sí, Manuelito a los cuarenta y dos años; ya era para que le dijeran Don Manuel, como al que cuida los carros, a él ya le dicen Don, y apenas tiene un año trabajando en la radio. Claro, esta más canuzco y gordo que él, por eso se impone.
Ya no quería ser “Manuelito”, estaba harto, así como estaba harto de la vida. Siempre ha fracasado en todo lo que se propone. Primero quiso poner una tiendita en su casa, con el dinero que le dio su papá cuando se caso, y la primera semana le entraron a robar, y ya no tuvo dinero para volver a surtir. Luego quiso meterse a trabajar a la planta Ford, de obrero, y tampoco pudo porque tenía un poco desviada una vértebra de la columna, y no iba a poder con el trabajo; y para cuando se le ocurre casarse, pues tenía que tener algo de trabajo, y entró al restauran San Marqués, pero hubo adentro una balacera de narcos, dizque que por ajuste de cuentas, cerraron el restauran, pero suerte tuvo que no lo mataron. Luego duro como medio año sin trabajo, hasta que encontró éste de la radio. Por eso no quiere tener problemas, esta muy duro conseguir chamba. Pero ya estaba cansado de ser un “Manuelito”, quería ser un Don, pero un Don de verdad, no un Don nadie. Algo tenía que hacer con su vida, y con la cabrona de Sofía, que ya lo estaba volviendo loco. Estaba hasta la madre de esa mujer. Si pudiera la mataría, y se casaría con una mujer de verdad, sí, con una como Cecilia Maldonado.
- ¡Tú estas loco, o qué te pasa! ¿Qué no oíste en las noticias lo del huracán?
Le decía molesta, Sofía, a Manuel, mientras éste buscaba un short entre la ropa revuelta del ropero.
- ¿Cuál huracán? Exageran en las noticias. Mañana vamos a Kino.
- Iras tú, porque yo no. Además, no tengo traje de baño.
- Pues ponte un short y una camiseta.
- ¿Y tú, qué te vas a poner?
- No sé.
- ¿Cómo que no sabes? –Le preguntó más molesta Sofía a Manuel.
- ¡Un short! ¡Algo encontrare!
- Te vas a poner ese maldito short del Pato Lucas, que me cae tan gordo.
- A mi me gusta, me lo regalo mi mamá.
- A mí no me gusta la playa, porque me quemo.
- ¿No dices que va a llover? –Dijo burlándose, Manuel.
- Ya vez, me das la razón. ¡No vamos!
Manuel la tomó del brazo con brusquedad.
- ¡Vamos, porque vamos!
- ¡Algo raro te traes tú!
- Quiero descansar, ver el mar, la playa. ¡Qué tiene de malo!
- Quieres darme la contra, es lo que quieres. Bien claro dijeron que mañana nadie vaya a Bahía Kino.
- Pues, yo sí, y tú también.
- Por qué no vamos mejor a San Pedro, asamos carne, y nos tomamos unas cervezas.- Le dijo Sofía, en tono reconciliador.
- ¡Busca el colchón inflable!
- Ese esta mas agujerado que un costal viejo.
- Pues algo, porque eres tan chillona, que luego no te vas a querer meter al mar.
- ¡A qué madre! ¡No sé nadar!
- ¡Eres una inútil!
- Y tú no ¿eh? No más te voy a hacer caso porque sé que no vamos a ir. Siempre dices lo mismo: Este fin de semana si vamos de paseo. Y luego nada, ¿sabes por qué? Porque eres un codiche.
- ¡No soy codiche! Lo que pasa, es que no alcanza.
- Si ya te decidieras a buscarte un buen trabajo, no estuviéramos así.
- ¿En dónde? ¿En dónde esta ese buen trabajo?
- Sal, busca. No te conformes con una escoba y un trapo para sacudir oficinas.
Manuel la toma de los hombros y la avienta contra la cama.
- ¡Muy hombrecito, no! Para otra cosa deberías de serlo.
Él tomó el control de la televisión, la encendió y no le volvió a hablar a Sofía.
“Y recuerden amables radio escuchas, si mañana no tiene necesidad de salir, no salga, se pronostica la llegada del huracán Ulises a las costas de Bahía Kino. Con este recordatorio me despido de nuestra primera emisión de noticias. Soy Cecilia Maldonado. Hasta la próxima y mucha suerte.”
Cecilia se quito los audífonos, se le quedo mirando al chico de la consola de transmisión. Éste le dijo que ya estaban fuera. Cecilia le dio las gracias. Al menos ya había terminado la primera jornada. Esa mañana ni siquiera le había alcanzado el tiempo para tomarse su licuado dietético. De ahí salir casi corriendo para el salón de belleza. Tenía que estar muy presentable para las cámaras del noticiero televisivo del mediodía. Estaba recogiendo sus cosas cuando entro Manuel.
- Manuelito, te encargo que antes de que yo entre a la cabina, le eches desodorante. Ramón siempre la deja llena de olor a cigarro.
- No se preocupe, licenciada. Ya se lo he dicho, pero no hace caso.
- Pues repórtelo.
Manuel no le contestó. No quiere problemas con Ramón Loaiza, capaz y le inventa algo y lo corren a él.
- Si usted no lo reporta, lo reporto yo. Tiene que respetar las reglas de la empresa.
Le contesta Manuel, sin mirarla.
- Le prometo que ya no se me olvida lo del desodorante.
- No me tenga miedo, Manuel. En el noticiero parece que como lumbre, pero eso le gusta a la gente. Oírme decir lo que a ellos les gustaría decirles a esos políticos corruptos, y esos delincuentes que no tienen ni un poco de conciencia social…
Mientras ella dice todo su discurso, de periodista comprometida con la sociedad, Manuel sólo la mira atento. Para él, Cecilia, era la locutora de noticias más fregona de todas, además de guapa, tenía unos ojos verdes, que aunque no quisiera Manuel, siempre le llamaba la atención. Aunque sentía él que en esa mirada había algo que no checaba, algo así, como tristeza de mujer mal cogida. A lo mejor porque ya no era una jovencita, sino una cuarentona muy bien conservada.
- Manuelito, ¿qué no me esta escuchando? Cómo quién dice, se fue, se fue, como pelota de beis ball.
- Disculpe, licenciada, es que a veces me atonto; yo creo que porque no duermo bien.
- Ha de ser el stress. Debería irse de vacaciones un rato.
- No, si es cuando me pagan mejor, cuando me quedo en mis vacaciones. A lo mejor este fin de semana.
- Al menos que quiera que lo coja el huracán, pues vaya. ¿Ya me sacaste el carro del estacionamiento?
- Sí, esta frente a la puerta principal, licenciada.
- Gracias, Manuelito, en la quincena le doy sus propinas. Mire, ya se me hizo tarde por estar platicando. Hasta el lunes, Manuelito.
Ella salió apresurada, él no pudo evitar quedársele viendo las nalgas, eran tan bien formadas, y se le notaban tanto en el pantalón de mezclilla que traía, que se le antojaba meterle mano. Claro, no más se le antojaba y ya.
En eso entró Samuel García, el locutor del programa que seguía de transmitir. Se notaba molesto.
- ¡Mondriga vieja, ya me dejó la cabina llena de ese perfume con el que me duele la cabeza!
- ¿Quiere que le traiga su café?
- ¡Por supuesto!
Mientras, Manuel iba caminando por el pasillo de la estación de radio para traerle el café a Samuel, se quedo pensando: ¡Qué chingón era este señor, que a los cincuenta años se volvió locutor, y todo porque se sabe cotorrear a la gente! Él ni sentido del humor tiene. Creo que, Samuel García, ni la secundaria termino. En cambio él sí. Tanta gente que ha podido progresar, así, sin tanto estudio, en cambio él no ha pasado de ser asistente de limpieza de la radio. Eso sí, ya tenía diez años trabajando ahí, y nunca había llegado tarde, y eso que entraba a las seis de la mañana. Siempre tenía muy limpias las oficinas, y nunca se había perdido nada en su horario. Todos le decían Manuelito. Sí, Manuelito a los cuarenta y dos años; ya era para que le dijeran Don Manuel, como al que cuida los carros, a él ya le dicen Don, y apenas tiene un año trabajando en la radio. Claro, esta más canuzco y gordo que él, por eso se impone.
Ya no quería ser “Manuelito”, estaba harto, así como estaba harto de la vida. Siempre ha fracasado en todo lo que se propone. Primero quiso poner una tiendita en su casa, con el dinero que le dio su papá cuando se caso, y la primera semana le entraron a robar, y ya no tuvo dinero para volver a surtir. Luego quiso meterse a trabajar a la planta Ford, de obrero, y tampoco pudo porque tenía un poco desviada una vértebra de la columna, y no iba a poder con el trabajo; y para cuando se le ocurre casarse, pues tenía que tener algo de trabajo, y entró al restauran San Marqués, pero hubo adentro una balacera de narcos, dizque que por ajuste de cuentas, cerraron el restauran, pero suerte tuvo que no lo mataron. Luego duro como medio año sin trabajo, hasta que encontró éste de la radio. Por eso no quiere tener problemas, esta muy duro conseguir chamba. Pero ya estaba cansado de ser un “Manuelito”, quería ser un Don, pero un Don de verdad, no un Don nadie. Algo tenía que hacer con su vida, y con la cabrona de Sofía, que ya lo estaba volviendo loco. Estaba hasta la madre de esa mujer. Si pudiera la mataría, y se casaría con una mujer de verdad, sí, con una como Cecilia Maldonado.
- ¡Tú estas loco, o qué te pasa! ¿Qué no oíste en las noticias lo del huracán?
Le decía molesta, Sofía, a Manuel, mientras éste buscaba un short entre la ropa revuelta del ropero.
- ¿Cuál huracán? Exageran en las noticias. Mañana vamos a Kino.
- Iras tú, porque yo no. Además, no tengo traje de baño.
- Pues ponte un short y una camiseta.
- ¿Y tú, qué te vas a poner?
- No sé.
- ¿Cómo que no sabes? –Le preguntó más molesta Sofía a Manuel.
- ¡Un short! ¡Algo encontrare!
- Te vas a poner ese maldito short del Pato Lucas, que me cae tan gordo.
- A mi me gusta, me lo regalo mi mamá.
- A mí no me gusta la playa, porque me quemo.
- ¿No dices que va a llover? –Dijo burlándose, Manuel.
- Ya vez, me das la razón. ¡No vamos!
Manuel la tomó del brazo con brusquedad.
- ¡Vamos, porque vamos!
- ¡Algo raro te traes tú!
- Quiero descansar, ver el mar, la playa. ¡Qué tiene de malo!
- Quieres darme la contra, es lo que quieres. Bien claro dijeron que mañana nadie vaya a Bahía Kino.
- Pues, yo sí, y tú también.
- Por qué no vamos mejor a San Pedro, asamos carne, y nos tomamos unas cervezas.- Le dijo Sofía, en tono reconciliador.
- ¡Busca el colchón inflable!
- Ese esta mas agujerado que un costal viejo.
- Pues algo, porque eres tan chillona, que luego no te vas a querer meter al mar.
- ¡A qué madre! ¡No sé nadar!
- ¡Eres una inútil!
- Y tú no ¿eh? No más te voy a hacer caso porque sé que no vamos a ir. Siempre dices lo mismo: Este fin de semana si vamos de paseo. Y luego nada, ¿sabes por qué? Porque eres un codiche.
- ¡No soy codiche! Lo que pasa, es que no alcanza.
- Si ya te decidieras a buscarte un buen trabajo, no estuviéramos así.
- ¿En dónde? ¿En dónde esta ese buen trabajo?
- Sal, busca. No te conformes con una escoba y un trapo para sacudir oficinas.
Manuel la toma de los hombros y la avienta contra la cama.
- ¡Muy hombrecito, no! Para otra cosa deberías de serlo.
Él tomó el control de la televisión, la encendió y no le volvió a hablar a Sofía.
lunes, 4 de mayo de 2009
XIV
Suspendidos sobre un cable,
ocho pájaros gitanos
de lustrosas alas obscuras,
esperan levantar vuelo
al palmeo de su Dios.
ocho pájaros gitanos
de lustrosas alas obscuras,
esperan levantar vuelo
al palmeo de su Dios.
Y te miro por una grieta del muro de granito...
Y te miro por una grieta del muro de granito. Te alejas, te acercas. A veces no te alcanzo a ver, aunque sé que ahí estas. Mira, ahora la grieta es más grande, tú también me puedes ver... si quisieras.
El Minotauro, aterido, miraba lleno de pánico el gran laberinto. No lo podía creer, por fin estaba fuera, era libre. Podía tomar el camino que quisiera. Lo intenta. Primero hacia el norte, luego al sur, al este, al oeste, pero apenas se daba cuenta que ya no veía los muros de su antigua prisión tomaba el camino de regreso.
Todos los días caminaba alrededor de la gran construcción una y otra vez, hasta que llegaba la noche y exhausto caía y se quedaba mirando el movimiento de las constelaciones. Las envidiaba porque ellas recorrían el laberinto del nocturno cielo girando y girando. Así se quedaba quieto hasta que desesperado gritaba pidiendo compasión a los Dioses.
Quería regresar al interior del laberinto. Afuera se sentía perdido, confuso, temeroso. Maldita la hora en que pensó que por fin había vencido al destino al encontrar la salida. Maldito destino vicioso, mentiroso, blasfemo; prometes el gozo para luego vomitarnos en la cara los excrementos de tus tripas.
Al amanecer el Minotauro se azotaba contra los muros. Quería abrir una entrada, pero no podía. Sólo lograba que su cuerpo terminara adolorido y cansado. Así transcurrió el tiempo y el Minotauro languidecía.
Hasta que una mañana Pegaso, el caballo con alas, paso sobre el cielo del Minotauro y al ver la triste imagen del antes grandioso y terrible monstruo tuvo compasión de él y bajo.
El Minotauro al ver al caballo con alas le pidió que tuviera piedad de él, que lo ayudara a entrar de nuevo al laberinto o lo matara a golpes de coz.
Pegaso le dijo que eso de regresar a la prisión del laberinto era una locura, que él le enseñaría las delicias del mundo. Si, esas que el minotauro jamás había visto por estar encerrado en su prisión. Conocería por fin los gozos de la libertad. Que montara sobre él y le haría conocer las maravillas de la tierra, los bosques, el mar, las suntuosas ciudades, las exóticas selvas, el meditabundo desierto y lo dejaría en el lugar que el Minotauro eligiera.
Así fue como el Minotauro decidió alejarse del laberinto y junto a Pegaso recorrer todo el mundo posible. Pero el Minotauro no decidía donde quedarse. Hasta que llegaron al reino arcaico de los cantábricos y allí los pobladores eligieron al Minotauro como su Dios y señor, le rindieron honores, le dieron un palacio y riquezas.
Esto hizo que el Minotauro recordara su glorioso pasado cuando era respetado y temido por los jóvenes atenienses y pensó que quizá el reino de los cantábricos era su lugar.
El Minotauro se despidió de Pegaso. Los años transcurrieron pero el Minotauro era infeliz, todas las noches mientras dormía, el Minotauro soñaba con su laberinto, frío, húmedo e inmensamente deseado.
Y así una mañana el Minotauro decidió regresar. Sin avisarle a nadie tomo el camino que su intuición le señalaba.
Cruzo mares, bosques, selvas, suntuosas ciudades, el meditabundo desierto y al pasar los años por fin diviso los muros del laberinto.
Su felicidad fue grandiosa, de seguro ahora que era más viejo y más sabio podría encontrar la entrada al laberinto, pero no, de nuevo estaba fuera mirando esos muros de granito que le impedían el paso.
Entonces decidió no luchar, dejaría que la muerte le cubriera los ojos, ya lo había intentado todo y seguía fuera. Hasta que una tarde Pegaso regreso y encontró al Minotauro moribundo mirando fijamente el muro frente a él.
Pegaso al ver el sufrimiento del Minotauro le pidió a éste que subiera de nuevo a su lomo.
El Minotauro se negó, quería morir dignamente junto al laberinto.
En eso estaban cuando el joven Teseo se acerco a ver tan triste espectáculo.
Al ver el ateniense quién era el que moría junto a los muros del laberinto no pudo reprimir un grito de furia y dolor.
Su enemigo, el Minotauro, el monstruo que le daría gloria inmortal al matarlo dentro del laberinto moría ahí, como cualquier animal del campo.
Como pudo Teseo subió al Minotauro sobre Pegaso y le dio la orden al caballo con alas para que lo dejara dentro del laberinto.
Pegaso obedeció, aunque sabía que dejar al Minotauro dentro del laberinto era exponerlo a la muerte en manos de Teseo. El Minotauro mirándolo suplicante le dijo:
- Por siempre gloriosos los Dioses, que el destino se cumpla, que para eso hemos nacido. Y tú, Pegaso, obedece, no hagas más daño del que ya hiciste.
Pegaso comprendió e inmediatamente remonto a las alturas. El Minotauro todavía alcanzó a ver el esplendor del grandioso dibujo que señalaban los intrincados pasillos de su laberinto, era tan hermoso y magnifico que no lo podía creer y murió mirando la maravilla. Pegaso al sentir la muerte del Minotauro bajo de inmediato al laberinto y dejó ahí el cuerpo inerte, para que lo encontrara Teseo, y la leyenda de la lucha del joven guerrero y el Minotauro pasara como un hecho a la eternidad. Ese era el mejor homenaje que podía hacer Pegaso a su triste y melancólico amigo. Sí, que los mortales lo recordaran terrible y feroz luchando en su laberinto.
Pegaso remonto el vuelo y no pudo evitar mirar de nuevo el laberinto y pensó:
- Ese laberinto es lo más horrible que he visto. Frío, húmedo, mal oliente, oscuro, pero en algo tenía razón el Minotauro: Cada quién tiene su propio laberinto, y no hay peor castigo de los Dioses que alejarte de él.
El Minotauro, aterido, miraba lleno de pánico el gran laberinto. No lo podía creer, por fin estaba fuera, era libre. Podía tomar el camino que quisiera. Lo intenta. Primero hacia el norte, luego al sur, al este, al oeste, pero apenas se daba cuenta que ya no veía los muros de su antigua prisión tomaba el camino de regreso.
Todos los días caminaba alrededor de la gran construcción una y otra vez, hasta que llegaba la noche y exhausto caía y se quedaba mirando el movimiento de las constelaciones. Las envidiaba porque ellas recorrían el laberinto del nocturno cielo girando y girando. Así se quedaba quieto hasta que desesperado gritaba pidiendo compasión a los Dioses.
Quería regresar al interior del laberinto. Afuera se sentía perdido, confuso, temeroso. Maldita la hora en que pensó que por fin había vencido al destino al encontrar la salida. Maldito destino vicioso, mentiroso, blasfemo; prometes el gozo para luego vomitarnos en la cara los excrementos de tus tripas.
Al amanecer el Minotauro se azotaba contra los muros. Quería abrir una entrada, pero no podía. Sólo lograba que su cuerpo terminara adolorido y cansado. Así transcurrió el tiempo y el Minotauro languidecía.
Hasta que una mañana Pegaso, el caballo con alas, paso sobre el cielo del Minotauro y al ver la triste imagen del antes grandioso y terrible monstruo tuvo compasión de él y bajo.
El Minotauro al ver al caballo con alas le pidió que tuviera piedad de él, que lo ayudara a entrar de nuevo al laberinto o lo matara a golpes de coz.
Pegaso le dijo que eso de regresar a la prisión del laberinto era una locura, que él le enseñaría las delicias del mundo. Si, esas que el minotauro jamás había visto por estar encerrado en su prisión. Conocería por fin los gozos de la libertad. Que montara sobre él y le haría conocer las maravillas de la tierra, los bosques, el mar, las suntuosas ciudades, las exóticas selvas, el meditabundo desierto y lo dejaría en el lugar que el Minotauro eligiera.
Así fue como el Minotauro decidió alejarse del laberinto y junto a Pegaso recorrer todo el mundo posible. Pero el Minotauro no decidía donde quedarse. Hasta que llegaron al reino arcaico de los cantábricos y allí los pobladores eligieron al Minotauro como su Dios y señor, le rindieron honores, le dieron un palacio y riquezas.
Esto hizo que el Minotauro recordara su glorioso pasado cuando era respetado y temido por los jóvenes atenienses y pensó que quizá el reino de los cantábricos era su lugar.
El Minotauro se despidió de Pegaso. Los años transcurrieron pero el Minotauro era infeliz, todas las noches mientras dormía, el Minotauro soñaba con su laberinto, frío, húmedo e inmensamente deseado.
Y así una mañana el Minotauro decidió regresar. Sin avisarle a nadie tomo el camino que su intuición le señalaba.
Cruzo mares, bosques, selvas, suntuosas ciudades, el meditabundo desierto y al pasar los años por fin diviso los muros del laberinto.
Su felicidad fue grandiosa, de seguro ahora que era más viejo y más sabio podría encontrar la entrada al laberinto, pero no, de nuevo estaba fuera mirando esos muros de granito que le impedían el paso.
Entonces decidió no luchar, dejaría que la muerte le cubriera los ojos, ya lo había intentado todo y seguía fuera. Hasta que una tarde Pegaso regreso y encontró al Minotauro moribundo mirando fijamente el muro frente a él.
Pegaso al ver el sufrimiento del Minotauro le pidió a éste que subiera de nuevo a su lomo.
El Minotauro se negó, quería morir dignamente junto al laberinto.
En eso estaban cuando el joven Teseo se acerco a ver tan triste espectáculo.
Al ver el ateniense quién era el que moría junto a los muros del laberinto no pudo reprimir un grito de furia y dolor.
Su enemigo, el Minotauro, el monstruo que le daría gloria inmortal al matarlo dentro del laberinto moría ahí, como cualquier animal del campo.
Como pudo Teseo subió al Minotauro sobre Pegaso y le dio la orden al caballo con alas para que lo dejara dentro del laberinto.
Pegaso obedeció, aunque sabía que dejar al Minotauro dentro del laberinto era exponerlo a la muerte en manos de Teseo. El Minotauro mirándolo suplicante le dijo:
- Por siempre gloriosos los Dioses, que el destino se cumpla, que para eso hemos nacido. Y tú, Pegaso, obedece, no hagas más daño del que ya hiciste.
Pegaso comprendió e inmediatamente remonto a las alturas. El Minotauro todavía alcanzó a ver el esplendor del grandioso dibujo que señalaban los intrincados pasillos de su laberinto, era tan hermoso y magnifico que no lo podía creer y murió mirando la maravilla. Pegaso al sentir la muerte del Minotauro bajo de inmediato al laberinto y dejó ahí el cuerpo inerte, para que lo encontrara Teseo, y la leyenda de la lucha del joven guerrero y el Minotauro pasara como un hecho a la eternidad. Ese era el mejor homenaje que podía hacer Pegaso a su triste y melancólico amigo. Sí, que los mortales lo recordaran terrible y feroz luchando en su laberinto.
Pegaso remonto el vuelo y no pudo evitar mirar de nuevo el laberinto y pensó:
- Ese laberinto es lo más horrible que he visto. Frío, húmedo, mal oliente, oscuro, pero en algo tenía razón el Minotauro: Cada quién tiene su propio laberinto, y no hay peor castigo de los Dioses que alejarte de él.
domingo, 3 de mayo de 2009
sábado, 2 de mayo de 2009
miércoles, 29 de abril de 2009
IX
Roca constante,
piedra callada,
humilde canto,
catedral pétrea es tu persona
donde me oculto y suelto el llanto.
Magda González
piedra callada,
humilde canto,
catedral pétrea es tu persona
donde me oculto y suelto el llanto.
Magda González
jueves, 23 de abril de 2009
EL REGRESO
Es extraño regresar a mi ciudad. Me sorprendo, me atemorizo, me hago preguntas, creo que sueño. ¿Qué diferencia hay entre estar aquí y estar allá?
Cuando estaba en esa gran ciudad, caminando por sus anchas avenidas, pensaba, sintiendo la calidez del bien perdido, en el regreso.
Ya estoy aquí y te busco. Más en tu mirada encuentro una perplejidad que no me deja acercarme. Hubiera querido que tocaras mi rostro como un ciego, y después, con seguridad dijeras: sí, es ella.
Pero no fue así y te fuiste sin haberme reconocido. Pensé, tal vez mis gestos, mi mirada, la expresión de mi voz ha cambiado. Sin que yo me diera cuenta la gran ciudad se me adhirió.
Tardaré en recuperarme, y entonces, habré llegado.
La costumbre me hace volver al mismo lugar. No quiero mirar hacia atrás, la destrucción es como una rebaba incrustada en el ojo.
Ojo sangrante e inflamado.
El Cíclope, como todas las tardes, se sienta sobre la arena de la playa y espera, pacientemente que ella surja entre las olas con su torso desnudo dejando ver sus senos, esferas de cósmicos misterios. Él, apenas tiene tiempo de ver ese rostro tan perfecto que le dedica una sonrisa y una mirada, cuando ella, gozosa, se zambulle entre las olas, dejado ver el brillo de sus escamas, cometa que se aleja en el firmamento; pero sólo tiene que esperar un poco, ya que ella resurgirá como el festón de una incesante ola, una y otra vez, hasta que las constelaciones reclamen su lugar en el manto de la noche.
Entonces, el Cíclope, meditabundo, se pregunta: ¿por qué él simplemente tiene un ojo para ver el vaivén de las olas donde nada la hermosa y seductoras sirena?
La respuesta que encuentra es tan sencilla que lo hace sonreír: Si yo tuviera un par de ojos seguramente los Dioses me castigarían con la ceguera. Nunca el todo, sólo la mitad, para que siempre anhele la dicha completa. Es el designio de los Dioses y ellos saben la verdad de la eternidad.
Anhelar... anhelarte... El Cíclope cierra su ojo, duerme, y sueña con sirenas.
Cuando estaba en esa gran ciudad, caminando por sus anchas avenidas, pensaba, sintiendo la calidez del bien perdido, en el regreso.
Ya estoy aquí y te busco. Más en tu mirada encuentro una perplejidad que no me deja acercarme. Hubiera querido que tocaras mi rostro como un ciego, y después, con seguridad dijeras: sí, es ella.
Pero no fue así y te fuiste sin haberme reconocido. Pensé, tal vez mis gestos, mi mirada, la expresión de mi voz ha cambiado. Sin que yo me diera cuenta la gran ciudad se me adhirió.
Tardaré en recuperarme, y entonces, habré llegado.
La costumbre me hace volver al mismo lugar. No quiero mirar hacia atrás, la destrucción es como una rebaba incrustada en el ojo.
Ojo sangrante e inflamado.
El Cíclope, como todas las tardes, se sienta sobre la arena de la playa y espera, pacientemente que ella surja entre las olas con su torso desnudo dejando ver sus senos, esferas de cósmicos misterios. Él, apenas tiene tiempo de ver ese rostro tan perfecto que le dedica una sonrisa y una mirada, cuando ella, gozosa, se zambulle entre las olas, dejado ver el brillo de sus escamas, cometa que se aleja en el firmamento; pero sólo tiene que esperar un poco, ya que ella resurgirá como el festón de una incesante ola, una y otra vez, hasta que las constelaciones reclamen su lugar en el manto de la noche.
Entonces, el Cíclope, meditabundo, se pregunta: ¿por qué él simplemente tiene un ojo para ver el vaivén de las olas donde nada la hermosa y seductoras sirena?
La respuesta que encuentra es tan sencilla que lo hace sonreír: Si yo tuviera un par de ojos seguramente los Dioses me castigarían con la ceguera. Nunca el todo, sólo la mitad, para que siempre anhele la dicha completa. Es el designio de los Dioses y ellos saben la verdad de la eternidad.
Anhelar... anhelarte... El Cíclope cierra su ojo, duerme, y sueña con sirenas.
Un ser amedrentado hiere por defensa. No perturbes la paz de mis pensamientos; porque lo que antes fue suave, puede convertirse en serpiente venenosa.
Medusa, miraba alrededor cúmulos de rocas, que le recordaban lo que antes fue palpitante vida. Tanta soledad la hacían aullar de dolor. Voz triste y prolongada, que se hace eco de roca seca y polvorienta. Si a ella se le hubiera concedido la inmortalidad tal vez podría encontrar la resignación del infinito. Pero esas sierpes, puestas en su cabeza, como cabellera de destrucción, no cesaban de recordarle:
- ¡Lastima, hiere, mata! ¡Véngate de tu dolor, en su dolor! ¡Desgarra sus carnes con tus garras y tus colmillos; y si se atreve a mirar, conviértelo en piedra; que tema y reconozca tu fealdad entre las criaturas del universo, que al fin y al cabo tu vida esta sujeta a la muerte!
Palabras como dardos envenenados, que sólo provocan en Medusa maldiciones y dentelladas, con furia, al aire. Sólo su mirada refleja el animal agónico que se pregunta: ¿Por qué a mí?
A veces, olvidaba su simiente de tormento, sus oídos ya no escuchaban, porque su mirada, a la hora de la luz crepuscular, se hundía en la profundidad del mar. Se imaginaba la vida, ahí, en lo más hondo; donde los peces se convierten en figuras que nadie reconoce, algunas brillan enigmáticas. Nadan simplemente dentro de las aguas de ese mar inmenso, secreto, oculto. Ella soñaba con estar ahí, pero no, estaba sola, escondida entre las rocas, acechando.
Después, miraba hacia el horizonte, y el viento indiferente tocaba su cuerpo, a veces con suavidad, otras con la fuerza de la tormenta. Ella se entregaba, y lamía sus labios en un beso que compartía con el canto de un lejano cetáceo.
Sólo el silbido del aire entre las rocas mortuorias, cubre con crueldad ese silencio infinito que desgarra cualquier deseo de consuelo que le ha sido negado, a ella, coronada con el horrendo poder de los Dioses.
Mientras meditaba en su destino, Perseo se acercaba en su nave, gozoso del pronto enfrentamiento con el monstruo de cabellera de sierpes, la feroz Medusa que le daría gloria inmortal al derrotarla. Pronto, Perseo tuvo frente a sí el lugar donde se ocultaba Medusa, la Gorgona.
La guarida estaba en lo más alto de un risco. Él sabía perfectamente que, si miraba los ojos de Medusa, inmediatamente sería convertido en roca, una más de las que hay tantas por ahí, y no era a la muerte lo que temía, sino ver su proeza fracasar. Así que pensó llegar por el lado opuesto para atacarla, y con un golpe certero de su espada le cercenaría la cabeza. Con cautela subió. Cuando la tuvo a la vista preparo su espada, pero en el preciso momento en que iba a descargar el golpe, todas las sierpes de la cabeza de Medusa voltearon hacía él y en sus ojos vio, con espanto, el rostro de ella multiplicado en los cientos de ojos que lo miraban fijamente. Su cuerpo se lleno de terror, y no pudo dar el golpe, el héroe había fracasado, sólo en un reflejo de sobrevivencia, alcanzo a ocultar su rostro entre sus manos soltando la espada y el escudo. Medusa gritaba con furia:
- ¡Llegaste hasta aquí para verme, pues mírame!, ¡Mírame!
- ¡No!- Perseo gritaba lleno de terror.
Las sierpes, murmuraban blasfemias, burlas en contra de Perseo, que acrecentaba la furia de Medusa.
- ¡Mátalo, es uno más de los que se burlan de tu desgracia, de tu monstruosa imagen!
¡Sin piedad arráncale las manos con tus afiladas garras! ¡Él quería coronarse como héroe dándote muerte! ¡Mátelo! ¡Mátalo!
-¡No es verdad! ¡Yo sólo quiero liberarte de tu prisión! -gritó desesperado.
Medusa se intrigo ante sus palabras.
- ¿Liberarme? ¿De qué?
- De ti.
Las sierpes suspicaces gritaron:
- ¡Quiere engañarte, nadie puede liberarse de si mismo, ni los Dioses! ¡Mátalo de una buena vez!
Medusa, miro a ese hombre, uno más que se humilla ante el temor del Hades. Y riendo irónica dijo: Liberarse de sí mismo, ¿te estas burlando de mí?
La Gorgona tomó la espada de Perseo, las sierpes gritaban, deseosas de muerte, que acabara con él.
- ¡Córtale las manos, córtale las manos! ¡Oblígalo a mirarte!
El hombre, como siempre, tan débil sin su soberbia, pensó Medusa, y levantando la espada de Perseo, de un sólo tajo cerceno su corona de sierpes, lanzando un profundo grito que hizo temblar las rocas y encresparse las olas del mar. Después el silencio.
Perseo no resistió más y miro frente a él, aunque con eso sabía que tal vez encontraría a la muerte. Medusa, la Gorgona, ya no estaba ahí. Alcanzó a ver el montón de sierpes que yacían muertas sobre la polvorienta tierra. Él pensó que la monstruosa Medusa había huido, pero escucho la voz de ella que lo llamaba quedamente.
- ¡Perseo, Perseo, aquí estoy, detrás de la roca! ¡No te acerques!
Perseo busco desesperadamente, para defenderse, su espada y su escudo, pero no estaban.
- No los busques, Perseo, yo tengo tus armas. No temas, no te haré daño. Sé que vienes a matarme, no te preocupes, lo harás; quién puede negarse a compartir el destino de otro cuando ya estaba trazado desde el principio de los tiempos.
-¿Cómo voy a matarte si no tengo mi espada y mi escudo?
- Te los devolveré, pero para eso tienes que decirme dos cosas qué para ti hayan sido lo más maravilloso que han visto tus ojos.
Perseo jamás había pensado en eso, pero le dijo a Medusa que una vez, había visto una bandada de pájaros, que volando parecía que danzaban formando figuras perfectas, y lanzaban graznidos tan gozosos que parecían gritarles a todos, lo felices que eran al poder surcar el cielo sólo con el poder de sus frágiles cuerpos, venciendo de esta manera la soberbia de los hombres que los miraban, fijos, desde la tierra.
Medusa suspiro y dijo:
-Sí, la fuerza de la fragilidad.
Medusa complacida le dijo a Perseo.
- Detrás de esa roca esta tu escudo, tómalo.
Perseo corrió hacia la roca y lo tomó.
Medusa le ordeno que le dijera la segunda maravilla, para devolverle su espada.
Perseo, recordó, que siendo muy jovencito, se metió a nadar en una lejana playa, donde había un lugar rodeado de rocas donde se formaba un arrecife, el agua era tan cristalina que se podían mirar los peces que nadaban en ella. Él, sin pensarlo mucho se metió a nadar, y abriendo los ojos bajo el agua alcanzaba a distinguir a los peces, que lanzaban bellos reflejos gracias a la luz que penetraban la trasparencia del agua, era maravilloso. Cuando, de repente, alcanzo a ver a un animal que no conocía, era como una bola de cristal, con finos tentáculos que relucían como rayos de plata. Era agua transformada en cristal, y nadaba tan acompasadamente, abriendo y cerrando la membrana transparente de su cuerpo que podría percibirse el placer que ésto le provocaba.
- Creo que hasta ahora, eso es lo más maravilloso que he visto.
Medusa sólo susurro:
-Sí, es hermoso, has visto la libertad. Ahora, Perseo, toma tu espada, y cubre tu rostro con tu escudo para que no mires mis ojos. Libérame.
- Ante tu lastimera rendición, quiero decirte que mi cometido al venir aquí no era liberarte, eso lo dije para distraerte.
- Tú no lo sabes, pero esa liberación viene de los Dioses, por fin se compadecieron de mí, y hablaron por tu boca
Medusa salió de su escondite, cubriendo su rostro con las manos.
-¡Hazlo, Perseo, hazlo! ¡No titubees! ¡Es nuestro destino!
El tomó la espada y de un solo tajo le corto la cabeza a Medusa. Perseo, maravillado, vio como de la sangre derramada del cuerpo de la Gorgona nació Pegaso, el caballo alado, que surca los vientos, y mira el mundo desde las alturas de su vuelo. También alcanzó a escuchar a los cetáceos, que gozosos lanzaban, a lo lejos, sus cantos al recibir el cuerpo de la Medusa, que al caer al mar se convirtió en una esfera de cristal de agua con tentáculos de plata, que danza y danza sin parar en el océano sideral.
- ¡Lastima, hiere, mata! ¡Véngate de tu dolor, en su dolor! ¡Desgarra sus carnes con tus garras y tus colmillos; y si se atreve a mirar, conviértelo en piedra; que tema y reconozca tu fealdad entre las criaturas del universo, que al fin y al cabo tu vida esta sujeta a la muerte!
Palabras como dardos envenenados, que sólo provocan en Medusa maldiciones y dentelladas, con furia, al aire. Sólo su mirada refleja el animal agónico que se pregunta: ¿Por qué a mí?
A veces, olvidaba su simiente de tormento, sus oídos ya no escuchaban, porque su mirada, a la hora de la luz crepuscular, se hundía en la profundidad del mar. Se imaginaba la vida, ahí, en lo más hondo; donde los peces se convierten en figuras que nadie reconoce, algunas brillan enigmáticas. Nadan simplemente dentro de las aguas de ese mar inmenso, secreto, oculto. Ella soñaba con estar ahí, pero no, estaba sola, escondida entre las rocas, acechando.
Después, miraba hacia el horizonte, y el viento indiferente tocaba su cuerpo, a veces con suavidad, otras con la fuerza de la tormenta. Ella se entregaba, y lamía sus labios en un beso que compartía con el canto de un lejano cetáceo.
Sólo el silbido del aire entre las rocas mortuorias, cubre con crueldad ese silencio infinito que desgarra cualquier deseo de consuelo que le ha sido negado, a ella, coronada con el horrendo poder de los Dioses.
Mientras meditaba en su destino, Perseo se acercaba en su nave, gozoso del pronto enfrentamiento con el monstruo de cabellera de sierpes, la feroz Medusa que le daría gloria inmortal al derrotarla. Pronto, Perseo tuvo frente a sí el lugar donde se ocultaba Medusa, la Gorgona.
La guarida estaba en lo más alto de un risco. Él sabía perfectamente que, si miraba los ojos de Medusa, inmediatamente sería convertido en roca, una más de las que hay tantas por ahí, y no era a la muerte lo que temía, sino ver su proeza fracasar. Así que pensó llegar por el lado opuesto para atacarla, y con un golpe certero de su espada le cercenaría la cabeza. Con cautela subió. Cuando la tuvo a la vista preparo su espada, pero en el preciso momento en que iba a descargar el golpe, todas las sierpes de la cabeza de Medusa voltearon hacía él y en sus ojos vio, con espanto, el rostro de ella multiplicado en los cientos de ojos que lo miraban fijamente. Su cuerpo se lleno de terror, y no pudo dar el golpe, el héroe había fracasado, sólo en un reflejo de sobrevivencia, alcanzo a ocultar su rostro entre sus manos soltando la espada y el escudo. Medusa gritaba con furia:
- ¡Llegaste hasta aquí para verme, pues mírame!, ¡Mírame!
- ¡No!- Perseo gritaba lleno de terror.
Las sierpes, murmuraban blasfemias, burlas en contra de Perseo, que acrecentaba la furia de Medusa.
- ¡Mátalo, es uno más de los que se burlan de tu desgracia, de tu monstruosa imagen!
¡Sin piedad arráncale las manos con tus afiladas garras! ¡Él quería coronarse como héroe dándote muerte! ¡Mátelo! ¡Mátalo!
-¡No es verdad! ¡Yo sólo quiero liberarte de tu prisión! -gritó desesperado.
Medusa se intrigo ante sus palabras.
- ¿Liberarme? ¿De qué?
- De ti.
Las sierpes suspicaces gritaron:
- ¡Quiere engañarte, nadie puede liberarse de si mismo, ni los Dioses! ¡Mátalo de una buena vez!
Medusa, miro a ese hombre, uno más que se humilla ante el temor del Hades. Y riendo irónica dijo: Liberarse de sí mismo, ¿te estas burlando de mí?
La Gorgona tomó la espada de Perseo, las sierpes gritaban, deseosas de muerte, que acabara con él.
- ¡Córtale las manos, córtale las manos! ¡Oblígalo a mirarte!
El hombre, como siempre, tan débil sin su soberbia, pensó Medusa, y levantando la espada de Perseo, de un sólo tajo cerceno su corona de sierpes, lanzando un profundo grito que hizo temblar las rocas y encresparse las olas del mar. Después el silencio.
Perseo no resistió más y miro frente a él, aunque con eso sabía que tal vez encontraría a la muerte. Medusa, la Gorgona, ya no estaba ahí. Alcanzó a ver el montón de sierpes que yacían muertas sobre la polvorienta tierra. Él pensó que la monstruosa Medusa había huido, pero escucho la voz de ella que lo llamaba quedamente.
- ¡Perseo, Perseo, aquí estoy, detrás de la roca! ¡No te acerques!
Perseo busco desesperadamente, para defenderse, su espada y su escudo, pero no estaban.
- No los busques, Perseo, yo tengo tus armas. No temas, no te haré daño. Sé que vienes a matarme, no te preocupes, lo harás; quién puede negarse a compartir el destino de otro cuando ya estaba trazado desde el principio de los tiempos.
-¿Cómo voy a matarte si no tengo mi espada y mi escudo?
- Te los devolveré, pero para eso tienes que decirme dos cosas qué para ti hayan sido lo más maravilloso que han visto tus ojos.
Perseo jamás había pensado en eso, pero le dijo a Medusa que una vez, había visto una bandada de pájaros, que volando parecía que danzaban formando figuras perfectas, y lanzaban graznidos tan gozosos que parecían gritarles a todos, lo felices que eran al poder surcar el cielo sólo con el poder de sus frágiles cuerpos, venciendo de esta manera la soberbia de los hombres que los miraban, fijos, desde la tierra.
Medusa suspiro y dijo:
-Sí, la fuerza de la fragilidad.
Medusa complacida le dijo a Perseo.
- Detrás de esa roca esta tu escudo, tómalo.
Perseo corrió hacia la roca y lo tomó.
Medusa le ordeno que le dijera la segunda maravilla, para devolverle su espada.
Perseo, recordó, que siendo muy jovencito, se metió a nadar en una lejana playa, donde había un lugar rodeado de rocas donde se formaba un arrecife, el agua era tan cristalina que se podían mirar los peces que nadaban en ella. Él, sin pensarlo mucho se metió a nadar, y abriendo los ojos bajo el agua alcanzaba a distinguir a los peces, que lanzaban bellos reflejos gracias a la luz que penetraban la trasparencia del agua, era maravilloso. Cuando, de repente, alcanzo a ver a un animal que no conocía, era como una bola de cristal, con finos tentáculos que relucían como rayos de plata. Era agua transformada en cristal, y nadaba tan acompasadamente, abriendo y cerrando la membrana transparente de su cuerpo que podría percibirse el placer que ésto le provocaba.
- Creo que hasta ahora, eso es lo más maravilloso que he visto.
Medusa sólo susurro:
-Sí, es hermoso, has visto la libertad. Ahora, Perseo, toma tu espada, y cubre tu rostro con tu escudo para que no mires mis ojos. Libérame.
- Ante tu lastimera rendición, quiero decirte que mi cometido al venir aquí no era liberarte, eso lo dije para distraerte.
- Tú no lo sabes, pero esa liberación viene de los Dioses, por fin se compadecieron de mí, y hablaron por tu boca
Medusa salió de su escondite, cubriendo su rostro con las manos.
-¡Hazlo, Perseo, hazlo! ¡No titubees! ¡Es nuestro destino!
El tomó la espada y de un solo tajo le corto la cabeza a Medusa. Perseo, maravillado, vio como de la sangre derramada del cuerpo de la Gorgona nació Pegaso, el caballo alado, que surca los vientos, y mira el mundo desde las alturas de su vuelo. También alcanzó a escuchar a los cetáceos, que gozosos lanzaban, a lo lejos, sus cantos al recibir el cuerpo de la Medusa, que al caer al mar se convirtió en una esfera de cristal de agua con tentáculos de plata, que danza y danza sin parar en el océano sideral.
miércoles, 22 de abril de 2009
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